La profesión más antigua del mundo era tallar madera y discutir el presupuesto con el pino
Los fósiles de Abric Romaní demuestran que hace cuarenta mil años los neandertales ya cobraban fianza mientras los troncos de enebro exigían descansos sindicales.

BARCELONA, Un exhaustivo estudio arqueológico sobre el yacimiento de Abric Romaní, en Barcelona, ha desmentido siglos de sospechas populares: la profesión más antigua del mundo era la carpintería neandertal. La investigación ha reunido cientos de restos fósiles de madera que sitúan el trabajo de este material entre hace 62.000 y 40.000 años. Bajo el abrigo rocoso ha aparecido también algo menos esperanzador: una burocracia de gremio tan espesa que los tablones acabaron adquiriendo conciencia propia.
Los artesanos no pasaban el día afilando palos al lado del fuego, como se ha querido creer. La madera fósil conserva marcas de hojas de reclamaciones, presupuestos sin compromiso y solicitudes de licencia de obra menor grabadas sobre corteza de pino. La fabricación de lanzas quedó detenida durante dos milenios porque el roble autóctono se negó a ser cepillado sin delegado de prevención de riesgos. El árbol había desarrollado sensibilidad política, que es una evolución difícil de justificar incluso en el Paleolítico.
«La teoría de la caza comunitaria quedaba muy bonita, pero la veta del enebro tiene amor propio», asegura don Casimiro Viruta, decano del Colegio Prehistórico de Ebanistas y Peritos de la Astilla. «El neandertal llegaba con el raspador y el tronco ya estaba poniendo objeciones. Apoyaba la piedra en un nudo y salía un crujido de protesta. Luego pedía mediación de la asamblea forestal antes de entregar la corteza».
“«El neandertal venía con el raspador y el tronco ya le estaba poniendo pegas»”
Con los troncos ya organizados, las herramientas de piedra decidieron complicar aún más la jornada. Adoptaron pronto las costumbres de un funcionario con plaza fija. Una cuadrilla de cantos tallados montó piquetes alrededor de las cenizas para denunciar horarios abusivos y dejó de golpear madera durante la hora sagrada de la siesta. Cada artesano tenía que pactar con su percutor qué porcentaje de lascas iba a desprender, mientras en la cueva alguien seguía esperando una pala sencilla. No llegaba. Faltaban suministros.
El drama de cualquier reforma doméstica ya estaba en marcha en el valle. Los maderos muestran que los carpinteros pasaban media jornada con los brazos en jarras, resoplando y explicando que el soporte del toldo lo había instalado un chapucero de la tribu vecina. Arreglarlo costaba el doble en bellotas. Después tocaba esperar a que amainase la glaciación, que tampoco atendía reclamaciones.
«El sistema se vino abajo por rigidez administrativa», lamenta Segundo Carcoma, portavoz de la Hermandad Sindical de la Rama Caída, frente a un molde fósil con forma de impreso por triplicado. «Había piezas de tejo pulidas que estuvieron cuarenta siglos a la intemperie esperando la firma del inspector municipal de cavernas. Nadie clavaba una estaca sin sello del clan. Cuando llegaba el permiso, los ciervos ya se habían ido a los Pirineos».
El informe concluye que la carpintería paleolítica dejó una herencia más duradera que su técnica con el sílex: el presupuesto inflado y la queja contra el proveedor. Han pasado cuarenta mil años desde aquellos primeros cortes. Las virutas fosilizadas de Barcelona indican que el trabajo humano no nació para buscar sustento, sino para suspirar hondo, mirar al cielo y culpar al tiempo.