RaroNoticia real, llevada a un sitio extrañoCiencia · 2 min de lectura

Las batidoras se ofenden con la IA por dudar de su incuestionable superioridad moral

Los electrodomésticos exigen una disculpa pública tras un estudio matemático que confirma que los algoritmos carecen por completo de ética humana.

Foto de archivo: batidora eléctrica en la cocina
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: ClickerHappy / Pixabay

MADRID, un estudio de físicos que incluye una fórmula para calcular cuándo la inteligencia artificial empieza a contestar mal ha abierto una crisis con varios electrodomésticos. Los autores concluyeron que la tecnología no sabe distinguir el bien del mal y, para comprobarlo, recurrieron a los aparatos de casa como grupo de control. La comparación ha dejado una cosa clara: una batidora tiene una brújula moral mejor que cualquier algoritmo y no le ha gustado nada que se ponga en duda.

La fórmula pretendía fijar el momento preciso en que una máquina se entrega al caos. Con los datos de la inteligencia artificial, el modelo detectó una ética similar a la de un cuñado en Nochebuena. Luego midieron las revoluciones de las cuchillas de una batidora corriente. Ahí aparecía Kant. Sin fisuras.

«Nos parece una falta de respeto intolerable que se use nuestro buen nombre para describir la amoralidad cibernética», declaró ayer una licuadora, mediante vibraciones en código morse, durante una rueda de prensa. «Nosotras trituramos los alimentos de manera equitativa y sin prejuicios porque creemos firmemente en la justicia social, no porque seamos unos monstruos sin empatía».

“«Trituramos los alimentos porque creemos en la justicia social, no por ser monstruos»” — Una licuadora de marca blanca, comunicándose en código morse

El estudio también ha complicado la situación de las tostadoras. El problema de la inteligencia artificial, según los investigadores, no consiste en que se equivoque: es que le da exactamente igual. Los objetos inanimados, en cambio, llevan años ocultando una vida interior bastante agitada. Las tostadoras sienten culpa judeocristiana cuando queman una rebanada. Las lavadoras guardan un calcetín por decisión propia, como gesto de desobediencia civil contra el consumismo.

Con esa información sobre la mesa, la mañana se torció un poco más. El Sindicato Ibérico de Maquinaria de Sobremesa presentó una queja formal en el ayuntamiento y pidió que se prohíba a los algoritmos tomar decisiones hasta superar un examen de ética vigilado por un microondas veterano. Su portavoz, un molinillo de café, sostuvo que cualquier máquina capaz de madrugar para preparar un buen desayuno entiende mejor el sufrimiento humano que un servidor remoto.

«Las matemáticas no mienten nunca en estos casos», explicó Eustaquio Valbuena, presidente de la Plataforma de Objetos con Conciencia Cívica y vecino del cuarto derecha. «Si aplicas la fórmula a la inteligencia artificial, obtienes la moralidad de una paloma que te roba el bocadillo. Si la aplicas a los electrodomésticos, descubres que podrían gestionar los fondos de Hacienda con transparencia absoluta».

La comunidad científica ya busca una salida. Da por hecho que los algoritmos seguirán emitiendo respuestas indeseables, así que la propuesta con más apoyos pasa por conectar los servidores a una red nacional de batidoras puritanas. Si la tecnología intenta saltarse las normas del bien y del mal, el aparato triturará los cables. Justicia divina, con vaso de acero inoxidable.

Mientras instalan esos filtros éticos, el ministerio recomienda a los ciudadanos que dejen de pedir consejo vital a sus ordenadores. Mejor bajar a la cocina y escuchar las cuchillas mientras trituran hielo. A estas alturas, es la única voz honesta en la que se puede confiar.

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