Los faisanes de isla Victoria crean un régimen y exigen tres días de siesta
La población introducida en los años cincuenta domina los bosques y ahora tramita su independencia con una ventanilla de plumas.

ISLA VICTORIA, La población de faisanes asiáticos introducida en los años cincuenta en los bosques de esta isla patagónica ha alcanzado densidades tan altas que los científicos vigilan su expansión con inquietud. Pero el problema tomó un rumbo administrativo cuando varias aves aparecieron con carpetas, sellos y una disposición bastante firme a ordenar el territorio.
La primera señal llegó en un sendero. Un faisán se negó a apartarse porque, según dijo, aquella zona quedaba reservada al «tránsito ceremonial de aves con cola». Después, una comisión de doce ejemplares clavó un cartel junto a un árbol: la jornada laboral sería de cuatro horas, con posibilidad de llegar a seis «en caso de bellotas urgentes». El cartel estaba plastificado. Nadie ha explicado todavía quién tuvo acceso a una plastificadora.
Ahí ya había cierta preocupación.
“No queremos dominar la isla, solo gestionar mejor sus recursos.”
La comunidad de vecinos del bosque convocó una reunión para hablar de los picotazos al amanecer. Los faisanes llegaron juntos, ocuparon las sillas y repartieron un documento de 48 páginas, el Plan Estratégico para el Uso Razonable del Sotobosque. Pedían sombra, prioridad en los charcos y un festivo local por la llegada de la primera pluma. La propuesta sobre los charcos quedó pendiente por falta de quórum y por la presencia de un sapo.
«No queremos dominar la isla, solo gestionar mejor sus recursos y que el musgo deje de mirarnos por encima del hombro», declaró Pánfilo Plumón, portavoz provisional del Sindicato Autónomo de Faisanes con Inquietudes Territoriales. Hablaba desde un tronco hueco que utiliza como oficina, abierta de nueve a dos. Cierra si hace viento. También si le apetece descansar.
El papeleo siguió creciendo. La comisión implantó un sistema de identificación según el dibujo de las plumas, puso en circulación una moneda llamada picotín y creó un tribunal para decidir quién puede ocupar los claros soleados. Las vistas arrancan con un himno compuesto solo de carraspeos. Suelen acabar cuando los asistentes recuerdan que son pájaros y salen corriendo detrás de una hoja.
La administración humana tampoco ha aclarado mucho.
Un funcionario anónimo de la Oficina Interinsular de Asuntos Inesperados confirmó que el papeleo «está evolucionando por su cuenta». Tres formularios han desarrollado patas y se han escondido bajo una mesa, según su relato. Una instancia de reclamación pidió abogado, vacaciones y una maceta pequeña. El ayuntamiento más cercano dice que no puede intervenir: la isla carece de buzón para aves y el pleno continúa discutiendo el color de los bolardos.
Los científicos mantienen la vigilancia sobre las altas densidades de faisanes en los bosques, que es la parte real de esta historia. El régimen de plumas, el picotín y los impresos con patas pertenecen a una realidad donde la naturaleza ha aprendido a presentar documentos por triplicado. La próxima reunión será al amanecer, si el secretario encuentra el sello y nadie confunde el orden del día con alpiste.