RaroNoticia real, llevada a un sitio extrañoCiencia · 2 min de lectura

La ciencia confirma que gritar no es enfadarse, salvo para el decibelio

Un municipio instala un detector con sentimientos después de descubrir que sus vecinos hablan alto incluso cuando piden una servilleta.

Foto de archivo: gente hablando alto en un restaurante
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Surprising_Media / Pixabay

VILLANUEVA DEL DESPISTE, Los estudios de psicología y ciencia señalan que hablar muy alto puede tener que ver con la activación emocional, la extraversión o un entorno ruidoso. No implica, por sí solo, que haya enfado. La conclusión ha tranquilizado a quienes llevan años asegurando «no estoy gritando» mientras lo gritaban.

El Ayuntamiento de Villanueva del Despiste ha llevado la idea a la gestión pública. Ha creado la Oficina Municipal de Volumen Conversacional, un departamento inexistente hasta el martes que ya ocupa tres plantas, dos sótanos y el interior administrativo de una máquina de café.

La directora es Maruja Tablón, licenciada en Gestión de Sobresaltos y jefa accidental del mostrador de quejas. El protocolo separará «enfado», «entusiasmo», «ruido de bar», «primo contando una anécdota» y «persona que ha perdido las gafas pero las lleva puestas». Cada vecino recibirá un semáforo emocional. Cambiará de color según la intensidad con la que diga «buenas».

“Me molesta que luego digáis que el problema soy yo por tener números.” — El decibelio 87, desde su pantalla de la biblioteca

La iniciativa ha preocupado a los decibelios del municipio. El 87, instalado junto a la puerta de la biblioteca, ha presentado una reclamación escrita: se considera «constantemente juzgado por hacer su trabajo». Pitusa Castañón, delegada sindical de los medidores, pide pausas, vacaciones y que nadie vuelva a decirles «baja un poco la voz» con ese tono.

En los bares la respuesta ha sido menos filosófica. Allí el ruido hace que la gente eleve el volumen sin necesidad de enfadarse, algo que los camareros conocen desde hace tiempo y sin estudios. La Asociación de Mesas del Fondo instalará micrófonos diplomáticos para traducir «¡qué dices!» por «me interesa mucho lo que estás diciendo, pero hay una cafetera atravesando la conversación». Falta que la cafetera acepte colaborar.

Con los micrófonos aún pendientes, el psicólogo municipal Evaristo Brújula ha planteado celebrar las conversaciones en habitaciones acolchadas, con subtítulos y una persona cuya única función sea recordar que hablar alto no convierte a nadie en villano. La comunidad de vecinos del número 14 lo ha rechazado. El acta recoge que «el acolchado amortigua la autoridad del presidente».

La Oficina estudia declarar patrimonio inmaterial ese instante en que dos personas empiezan hablando normal, van subiendo la voz y acaban discutiendo por el mando del aire acondicionado. El informe llegará al pleno municipal cuando alguien consiga avisar a los concejales sin levantar la voz. No se ha fijado fecha.

El decibelio 87 sigue en huelga dentro de la biblioteca. Solo registra silencios que considera sinceros. «No me molesta que habléis alto», ha comunicado desde su pantalla. «Me molesta que luego digáis que el problema soy yo por tener números.»

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