Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadDeportes · 2 min de lectura

La cola del registro municipal exige árbitros de terrazo y revisión de fueras de juego

Paco Opinión reclama tarjetas rojas para quienes invaden baldosas con carpetas y dopaje con caramelos de café para aguantar seis horas de pie.

Foto de archivo: personas haciendo cola en oficina pública
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: kirill_makes_pics / Pixabay

Llevo cuatro décadas comentando finales y torneos de máxima exigencia, y ya puedo decir una cosa que al atletismo le va a sentar regular: el deporte de contacto y desgaste más salvaje del planeta se juega en la oficina de registro de Villagómez del Sello. Se habla mucho del sacrificio de ciclistas y remeros. Mientras tanto, la élite de verdad suda en chándal sobre el terrazo municipal, inmóvil durante seis horas, por no ceder el puesto ante la ventanilla.

Ahí empieza lo serio. Mantenerse de pie en cuarenta centímetros cuadrados, sin pegar la espalda a la pared, exige un tronco que ya quisieran algunos profesionales. Cedes un milímetro porque se te ha subido el gemelo y el de atrás te coloca un marcaje al hombre sin pedir permiso. Una señora con chaquetón acolchado pregunta quién es el último, gira la cadera y, cuando has terminado de mirar, ha ganado dos baldosas. Nadie protesta. La cola tampoco reconoce el VAR.

El primer turno ya pone a prueba los reflejos. El dispensador automático no entrega los números: escupe papel térmico a noventa kilómetros por hora desde una ranura metálica. Para salvar el cuarenta y cuatro antes de que acabe contra el extintor, toca estirarse en horizontal, esquivar el paragüero y no caer sobre la planta de plástico que lleva allí desde 1998. El edificio público no ayuda.

“El uso de caramelos balsámicos para no pestañear cuatro horas adultera la competición” — Don Prudencio Badana, juez de línea del Colegio Comarcal de Espera Estática

Luego llega la táctica. El jueves pasado vi a mi cuñado, Hermenegildo Cazuela, cometer una infracción de manual hacia la mesa tres. Extendió su carpeta clasificadora medio metro por delante de los zapatos y ocupó el área neutral de los certificados como si fuese terreno propio. En una liga civilizada le habrían señalado fuera de juego manifiesto. Pero nadie pitó nada: los bedeles estaban mirando al techo, que es una posición muy habitual en el arbitraje administrativo.

La cosa empeora en las bancadas de plástico. Algunos aspirantes veteranos se presentan con termo de café torrefacto y pastillas de menta extrafuerte para anular sus ritmos biológicos; así aguantan una resistencia vesical que la medicina deportiva debería revisar con cierta urgencia. Don Prudencio Badana, juez de línea del Colegio Comarcal de Espera Estática, lo resumió con precisión: «El uso de caramelos balsámicos para no pestañear cuatro horas adultera la competición del sellado».

Y a las once y media se decide casi todo. El funcionario de guardia baja la persiana con la calma de un defensa veterano y se va a por su pincho de tortilla, dejando a los presentes cuarenta minutos en congelación postural. No conviene mover un tobillo. El reglamento tácito establece que cualquier gesto sospechoso invalida el turno ganado, aunque nadie ha visto jamás ese reglamento y seguramente esté archivado detrás de una fotocopiadora.

Esto no puede seguir en la clandestinidad. Si el tiro con arco tiene televisión, la cola del padrón merece patrocinadores, bebidas isotónicas servidas por la administración y tarjetas rojas para quien reserve sitio dejando una bolsa del pan sobre una silla. Hasta que una federación seria homologue las baldosas y sancione las simulaciones con bastón, yo seguiré yendo con cronómetro. Alguien tiene que defender a estos titanes del silencio administrativo.

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