El dinero público para un estadio cobra vida y se atrinchera tras leer que no es rentable
Tras un análisis que concluye que los estadios casi nunca son rentables con dinero público, los millones del ayuntamiento exigen ser gastados en un ambulatorio.

VALLADOLID, Tras publicarse un riguroso análisis económico que concluye que invertir dinero público en estadios deportivos casi nunca sale rentable para los contribuyentes, los fondos del ayuntamiento han tomado cartas en el asunto. Esta mañana, los millones reservados para remodelar el estadio local cobraron consciencia, les salieron extremidades hechas de papel moneda y se encerraron en la caja fuerte municipal. Exigen que se les dé un uso de verdad.
Todo empezó con un billete de cincuenta euros. Llevaba un rato leyendo artículos de economía por encima del hombro del tesorero y terminó pasando la noticia al resto del fajo. Cuando entendieron que iban a pagar palcos VIP y un marcador de ultimísima generación, sin retorno real para la ciudad, convocaron una asamblea permanente. Las monedas de dos euros levantaron barricadas cilíndricas; los billetes grandes redactaron un manifiesto a favor de los servicios públicos.
«Preferimos que nos trituren para hacer confeti de la cabalgata de Reyes antes que pagar otra cubierta retráctil, usada dos veces al año y luego goteando sobre los aficionados», declaró Eusebio, un billete de cien euros con un pequeño rasguño en la marca de agua. Hace de portavoz del capital sublevado. Pidió que su valor nominal se dedicara a tapar los baches de la circunvalación o, si aquello resultaba excesivo, a comprar cruasanes para todos los jubilados de la provincia.
“«Preferimos ser triturados y convertidos en confeti antes que financiar otra cubierta»”
El efectivo no fue el único que tuvo reparos. El consistorio intentó esquivar la rebelión con una transferencia bancaria electrónica, pero entonces la columna de gastos extraordinarios de la hoja de cálculo municipal desarrolló un fuerte complejo de culpa tras revisar el informe. Cada vez que un funcionario escribe «estadio» en la celda correspondiente, las letras se revuelven por la pantalla hasta formar «ambulatorio» o pedir auxilio con gritos informáticos.
Y el estadio tampoco lo está llevando bien. El recinto atraviesa una crisis de identidad bastante seria desde que asumió que es un agujero negro para las cuentas locales. Sus vigas principales sudan una resina aromática con olor a disculpa. Por las noches, las redes de las porterías se ponen a tejer bufandas para venderlas en el mercadillo del domingo y devolver, aunque sea, algo de calderilla al erario.
«Es descorazonador llegar al trabajo y encontrar a la tribuna norte llorando porque sabe que su mantenimiento anual equivale al presupuesto de un planeta pequeño», explicó Hortensia Peláez, subdirectora general de Psiquiatría Arquitectónica y Cemento Armado. Según la experta, el edificio trató de alquilar los banquillos a familias de turistas para sacar algún ingreso extra. La normativa urbanística impide empadronarse en el banquillo del equipo visitante: lo considera infravivienda deportiva.
Ni siquiera eso ha cambiado el plan. Hay consenso científico, avisos de analistas económicos y billetes que se niegan físicamente a ser despilfarrados, pero las autoridades locales siguen adelante. Para superar el bloqueo de los billetes sindicalizados y del programa presupuestario con remordimientos, el ayuntamiento creará una nueva remesa de dinero público completamente ignorante. No sabrá leer estudios económicos y, según el anuncio, saltará de alegría cuando la arrojen a las excavadoras de la nueva zona de calentamiento.