Indignación en Madrid porque es posible comprar entradas para la Fórmula 1
Miles de ciudadanos se sienten estafados al descubrir que no tendrán que pelearse con un servidor informático ni suplicar por una entrada para el evento.

Un ciudadano de Madrid asume con naturalidad que el abono transporte le falle un martes a las ocho de la mañana. O que el bocadillo de calamares en la Plaza Mayor cueste ya 8,50 euros. Pero comprar por internet una entrada para el Gran Premio de Fórmula 1 de 2027 sin pasar un mal rato es una humillación. Cualquiera puede conseguir un pase ahora mismo. Para el orgullo del capitalino supone un insulto directo que un evento teóricamente inaccesible esté al alcance de la clase media.
Mi cuñado Pelayo Cayetano es una de las víctimas de esta pérdida repentina de exclusividad. Lleva años viviendo de presumir de contactos en la ciudad. Ayer lloraba sobre la mesa de la cafetería. Compró cuatro pases premium el primer día de venta. Estaba convencido de haber cerrado la operación del año y ya saboreaba la envidia del resto de la comunidad de propietarios del bloque. «Ahora resulta que cualquiera puede comprarlas, Paco», decía. «Ya da lo mismo invitar al jefe que a mi suegra a ver los coches. El prestigio no existe».
Los responsables del evento no calcularon el daño social que provocaría vender billetes fácilmente a los cuñados. Pensaron que el público simplemente quería ver monoplazas circulando rápido. Nadie en Madrid necesita ver coches a esa velocidad. Para eso ya tenemos los atascos diarios de la M-30 a la altura de Méndez Álvaro, donde los vehículos parados permiten apreciar la carrocería con calma. La gente quería enfrentarse a un trámite imposible de completar. La única emoción válida era hacer una cola virtual de cinco horas para descubrir que los asientos buenos ya estaban a nombre de alguien con tres apellidos.
“Ya da lo mismo invitar al jefe que a mi suegra a ver los coches, el prestigio es nulo.”
La falta de sufrimiento en el proceso de compra ha desatado el pánico en las instituciones. Venancio Humo dirige el Departamento de Demanda Artificial y acaba de convocar un comité de urgencia. Ayer trituraba cientos de billetes válidos en su despacho mientras intentaba buscar soluciones. «Estamos valorando tirar abajo los servidores de la web durante el fin de semana para restaurar un poco la ilusión de escasez», me explicó. Quieren contratar a figurantes para que lloren en los tornos de acceso el día de la carrera. Una fiesta local necesita una multitud frustrada en la puerta para ser considerada un éxito.
El comité tampoco sabe cómo gestionar el problema de las pocas gradas que sí se han llenado de forma legítima. Han comprado esas entradas los verdaderos aficionados al automovilismo deportivo en la zona norte del circuito. La organización olvidó marginar a este colectivo a tiempo. Es un grupo extraño de gente que presta atención al desgaste de los neumáticos en la pista en lugar de quejarse del corte del jamón en las carpas de hospitalidad. Tratar bien al aficionado real arruina por completo la esencia de cualquier evento deportivo elitista.
Para compensar esta peligrosa presencia de afición auténtica en el recinto, el ayuntamiento pondrá en marcha un plan de contención. Bautizarán las gradas vacías como Zona VIP Invisible. El cliente pagará el triple del precio oficial a cambio de firmar un documento donde se compromete formalmente a no asistir al evento. La administración enviará a su domicilio un certificado en papel timbrado demostrando que su agenda es demasiado importante para perder el tiempo en un circuito. Mi vecino del quinto ni siquiera tiene carnet de conducir. Ya ha comprado tres de estos paquetes invisibles para reenviar el justificante al grupo de WhatsApp del edificio.
Todas estas medidas intentarán salvar una carrera que terminará celebrándose con ruido de motores sobre el asfalto en 2027. Pero el daño base ya está hecho. Permitir que una persona normal compre una butaca solo con su tarjeta de crédito le quita todo el sentido a la experiencia. Los organizadores aún tienen margen para arreglar la situación de cara a la edición de 2028. Deberían convertir el proceso de pago en un castigo físico y bloquear la plataforma web al azar. Es la única manera de garantizar la frustración ciudadana que exige el mercado.