La liga nacional de juntas de vecinos es el único deporte extremo que nos queda
Olvidad el fútbol porque la verdadera élite del rendimiento físico y la tensión táctica se reúne los martes en el cuarto de contadores.

Como analista deportivo he visto finales de la Copa del Mundo y combates de pesos pesados, pero nada prepara para el riesgo real: una junta extraordinaria en el garaje. Olvidad el fútbol y el tenis. La élite se reúne los martes a las ocho, en sillas plegables de plástico, para decidir si los toldos han de ser verde botella o verde carruaje. Aguantar la mirada del segundo izquierda sin pestañear exige más cuello que muchos gimnasios.
Este fin de semana asistí al derbi local del Residencial Los Cipreses, en Villabronca de Arriba. Se discutía la instalación de un espejo decorativo en el ascensor. Los dos bandos llevaban semanas preparándose con notas pasivo-agresivas en el tablón de anuncios. En el cuarto de contadores había ambiente de noche europea, si las noches europeas olieran a humedad de sótano y tuvieran un cubo bajo una tubería.
Doña Encarnación, presidenta vitalicia de la escalera B, se llevó la jornada. Su especialidad consiste en cruzarse de brazos y decir: «Yo ahí no me meto, pero que cada uno aguante su vela». Luego desvió la discusión del espejo hacia una gotera que, según ella, provocó el vecino del bajo en Nochevieja de 2003. El otro equipo pidió tiempo muerto. Nadie sabía muy bien qué debía revisar durante ese tiempo.
“Su técnica de murmurar que cada uno aguante su vela alcanzó la perfección olímpica.”
El espejo ya parecía encarrilado. Entonces intervino Venancio, vocal de derramas y especialista en cerrar partidos por agotamiento ajeno. Alegó que no figuraba en el grupo de WhatsApp de la comunidad porque su teléfono tiene teclas. La asamblea se prolongó hasta bien entrada la madrugada. Son esas pequeñas maniobras las que mantienen viva la competición vecinal, aunque la gente insista en llamarles «incidencias administrativas».
Desde el sofá se infravalora el desgaste. Aquí no hay que correr detrás de una pelota; hay que pasar cuatro horas sin ir al baño, en una zona común sin calefacción, por si alguien intenta aprobar la fachada color melocotón mientras tú estás fuera. Los médicos deportivos conocen el problema: fingir que lees el acta anterior mientras ignoras al administrador de fincas deja el cuello como una persiana mal instalada.
Y la equipación ha mejorado. Atrás quedó el pijama de franela para bajar a protestar. Ahora abundan las zapatillas de felpa con suela aerodinámica, útiles para subir tres tramos de escalera y denunciar que alguien puso la centrifugadora durante la siesta. Las carpetas de los administradores también han evolucionado: vienen reforzadas con fibra de carbono, sobre todo para recibir quejas acerca del sueldo del jardinero.
Todo ese progreso tiene un coste. Como purista, detesto el VAR en las reuniones: Vecinos Anotando Rencores. Antes bastaba acusar al ático de sacudir las migas del mantel sobre un tendedero y el patio de luces entraba en combustión. Ahora aparece un vídeo de la mirilla digital y se paran veinte minutos para analizarlo. El cotilleo ha perdido ritmo. La tecnología siempre encuentra la forma de sentarse delante.
La próxima semana empieza la liga nacional de quejas por muebles arrastrados a las tres de la madrugada. Habrá choque entre quienes quieren prohibir los tacones sobre el parqué y quienes defienden el libre albedrío acústico. Yo ya tengo preparadas las pipas y la bufanda para el garaje. Que gane quien conserve más rencor acumulado. Si hay empate técnico, se convoca otra reunión, que es como se resuelven las cosas desde hace siglos.