SátiraNoticia real, exagerada hasta que confiesaDinero · 2 min de lectura

Alquilar sin baño en Madrid fomenta el tejido social, afirman expertos en exprimir metros

Las inmobiliarias celebran el éxito del «baño colaborativo en el rellano», que permite a los inquilinos hacer sus necesidades mientras saludan al cartero.

Foto de archivo: apartamento diminuto con baño compartido
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: PDImage / Pixabay

MADRID. El mercado inmobiliario madrileño ha alcanzado su forma definitiva con la vivienda descentralizada. Ya no hace falta que todas las necesidades fisiológicas queden resueltas entre las mismas cuatro paredes. En Trafalgar se anuncia un piso de treinta metros cuadrados por seiscientos ochenta euros al mes. El cuarto de baño está en el rellano.

El inquilino sale en pijama cada vez que la vejiga lo requiere, también a las tres de la mañana, y saluda a quien coincida por allí. Los expertos no ven una molestia. Ven comunidad. Lavarse los dientes junto a la puerta de casa obliga a tratar con los vecinos en ese tramo del día en que nadie ha decidido todavía fingir normalidad.

«Tener el váter dentro de casa es un lujo burgués que fomenta el aislamiento y el sedentarismo», declara Hermenegildo Ruiz, presidente de la autoproclamada Asociación Madrileña de Creadores de Espacios Menguantes. Para Ruiz, llevar el inodoro a la zona común no sirve para meter una cama donde antes estaba el bidé. Es una experiencia inmersiva. Cruzarse con la vecina del quinto con un rollo de papel higiénico bajo el brazo, asegura, une más que una junta ordinaria sobre el presupuesto de limpieza.

“Tener el váter dentro de casa es un lujo burgués que fomenta el aislamiento.” — Hermenegildo Ruiz, creador de espacios menguantes

La convivencia ya tiene marca comercial. Las agencias más exclusivas venden el formato como «baño exterior colaborativo». Dicen que la ducha junto al cuarto de contadores aporta una frescura industrial al aseo diario. Algunos pioneros cobran cincuenta euros más si, de camino al retrete, hay que esquivar la bicicleta de un vecino. También se valora que el temporizador de la luz dure lo justo para convertir cualquier visita en una gestión con suspense.

Ahí es donde entra Borja. El arrendatario, que prefiere usar ese nombre para proteger su condición de visionario, sostiene que el cambio le ha ordenado la vida. «Antes perdía mucho tiempo mirando el móvil en el baño. Ahora, como el rellano no tiene calefacción y la bombilla parpadea, optimizo mis visitas al máximo. He ganado productividad semanal y además he hecho grandes migas con el cartero», explica mientras espera detrás de un señor que ha venido a leer los plomos de la luz.

El baño era solo el principio. Los folletos de próximas promociones del centro ya apuntan a la cocina como estancia prescindible. Los nuevos estudios plantean un microondas compartido en el falso techo de la entrada, accesible con una pértiga comunitaria. Se libera así un metro cuadrado valioso. Siempre hay algún estudiante despistado dispuesto a alquilarlo.

Pagar casi setecientos euros por un cubículo sin servicio en la capital se presenta, por tanto, como un rito de paso hacia la madurez urbana. Quien todavía insiste en hacer sus necesidades en privado quizá no esté preparado para lo que viene. Toda la ciudad será tu casa. El cuarto de baño, literalmente, la alfombrilla del presidente de la comunidad.

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