RaroNoticia real, llevada a un sitio extrañoDinero · 2 min de lectura

Las 40.000 casas sin terminar al año cobran vida y huyen al monte hartas de esperar licencias

Tras constatar el Banco de España que miles de casas iniciadas no se terminan, testigos confirman que los edificios cobran vida y escapan a la meseta en manada.

Foto de archivo: edificio residencial en obras abandonado
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Samuel_Busetto / Pixabay

El Banco de España ha advertido de que el déficit nacional de vivienda crece por un problema logístico difícil de encajar en una hoja de cálculo: se inician unas 120.000 casas al año y solo se terminan alrededor de 80.000, por distintas restricciones estructurales. El informe no aclara qué ocurre con las otras 40.000. Fuentes de la obra sostienen que, tras meses esperando licencias municipales, las edificaciones a medio hacer adquieren conciencia y se van andando al monte, lejos del asfalto.

Y las primeras ya han abierto camino. El fenómeno arrancó en varias provincias y ha acabado convertido en una estampida de hormigón armado. Los esqueletos de los edificios esperan estudios de impacto ambiental, ven pasar los meses y llegan a la conclusión de que la civilización tampoco era para tanto. «Estaba rematando la fachada del segundo piso cuando el edificio entero suspiró, se quitó los andamios como quien se sacude unas pulgas y salió por la autovía», cuenta Eustaquio Cemento, capataz, sin apartar la vista de un punto bastante concreto del suelo.

La Administración va por detrás. Las viviendas en construcción parecen preferir las llanuras castellanas a una vida entre derramas y discusiones de comunidad. Varios conductores han avisado a la Guardia Civil tras ver grupos de chalets adosados cruzando la meseta al atardecer. Se alimentan de rotondas abandonadas. Para beber, buscan hormigón fresco en canales próximos a los pueblos.

“Si cometes el error de mencionar el pago del IBI, los bloques de pisos salen corriendo.” — Encarna Ladrillo, directora de Asuntos Inmobiliarios Inexplicables

Con ese panorama, el Ministerio ha creado deprisa una unidad de pastores de ladrillo. Llevan mastines y tratan de devolver los dúplex rebeldes a sus parcelas urbanizables, aunque el método no ha dado demasiadas alegrías. «Son criaturas asustadizas», dice Encarna Ladrillo, directora de Asuntos Inmobiliarios Inexplicables. «Si te acercas con el impreso del catastro, o mencionas el IBI, los bloques salen corriendo y se esconden detrás de los pinares».

El problema venía de antes. Los teóricos del urbanismo culpan al papeleo acumulado en las mesas de los funcionarios: los cimientos disponen de tiempo suficiente para conocer el terreno, reconsiderar la propiedad privada y decidir que pertenecen a la naturaleza. Ya se han localizado urbanizaciones reunidas en asambleas asilvestradas dentro del bosque. Votan a mano alzada no instalar ventanas de climalit. Quieren que entre el aire de la montaña por los pasillos, que siguen sin acabar.

Las promotoras, mientras tanto, prueban técnicas de domesticación estructural. Algunas ponen música clásica a las grúas; otras pagan a cuentacuentos para que lean relatos a los garajes subterráneos antes de dormir. La estadística mantiene su posición habitual: cada año se terminan unas 80.000 casas obedientes. Las demás continúan hacia su independencia total, dejando solares vacíos, hormigoneras oxidadas y aparejadores llorando sobre los planos.

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