Los ahorradores defienden la tradición de cambiar timos filatélicos por criptomonedas
El relevo generacional garantiza que ninguna familia invierta en un producto bancario cuyo mecanismo pueda comprenderse en menos de dos horas.

MADRID, La educación financiera de las familias españolas conserva una firmeza difícil de discutir. El relevo generacional también. Los jóvenes ya guardan los álbumes de sellos de sus abuelos en el trastero, junto a las participaciones preferentes, y destinan la paga a fichas digitales de un perro animado.
El paso de la estampilla a la divisa algorítmica obedece a la costumbre. En la península sigue considerándose de mala educación comprar un activo que pueda entenderse antes del segundo carajillo. La norma familiar pide beneficios de dos cifras y un sistema de funcionamiento que plantee dudas razonables a la física y a la contabilidad.
«En esta casa jamás hemos creído en cuentas remuneradas al dos por ciento porque nos parecen una ordinariez de gente sin imaginación», asegura Evaristo Peñafiel, vocal emérito de la Coordinadora de Ahorradores por Intuición, mientras enseña un certificado con doce sellos conmemorativos. «Mi padre confió en caballeros de traje beige que guardaban carpetas en un entresuelo sin ascensor. Yo no voy a deshonrar su memoria comprando letras del Tesoro. Mi deber es meter el dinero en un protocolo digital que lleva un chaval anónimo desde Andorra».
“«Si una inversión no acaba en asamblea de afectados, carece de alma»”
Las entidades supervisoras han publicado guías pedagógicas en papel satinado para frenar la costumbre. No ha servido de mucho. Cuando los técnicos hablan de paciencia e interés compuesto, buena parte del público entiende que se está confirmando el aburrimiento de la propuesta. Duplicar el capital antes de las fiestas patronales mantiene su atractivo, ya sea mediante un sobre con lacre o una cadena de bloques registrada en Belice.
Y la transmisión continúa en Nochebuena. El cuñado conserva el puesto central en las cenas familiares. En mil novecientos noventa y siete ya avisaba de que dejar el dinero en la cartilla era «cosa de cobardes». Ahora ha cambiado los catálogos de filatelia por capturas de gráficos llenos de flechas verdes y aconseja endeudarse para adquirir participaciones de una granja virtual de calabazas algorítmicas.
«Hay un hilo sagrado entre el pegamento del sello y el contrato inteligente», explica Arsenio Valdemoro, titular de la Cátedra de Superstición Financiera. «El ahorrador patrio no quiere enriquecerse de una manera monótona. Quiere entrar en una epopeya colectiva cuyo premio consiste en contar una anécdota indignada en el portal. Si la inversión no termina en una asamblea de afectados con pancartas amarillas, le falta alma».
La tradición llega incluso a las notarías de barrio. Herederos de toda edad tramitan testamentos con archivadores polvorientos de sellos de Isabel II y dispositivos cifrados cuya contraseña olvidaron en Nochevieja. No suelen arrepentirse. Perder los ahorros en inventos incomprensibles se considera parte de la herencia moral de la casa, como la vajilla buena que permanece intacta desde hace décadas.