SátiraNoticia real, exagerada hasta que confiesaDinero · 2 min de lectura

Un propietario de cuatro pisos exige apoyo psicológico por el estrés de cobrar el alquiler

«Tengo que abrir la aplicación del banco cuatro veces seguidas para comprobar los ingresos, es una agonía», declara una de las víctimas de este calvario.

Foto de archivo: hombre estresado mirando el teléfono móvil
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: michael_schueller / Pixabay

La sociedad contemporánea reserva una crueldad particular para sus minorías más vulnerables: quienes sufren en silencio, apenas acompañado por las notificaciones del banco. Cayetano de la Borbolla posee cuatro viviendas y lleva semanas sin dormir. Gestionar ese patrimonio le está gastando la juventud. Entre el día uno y el cinco de cada mes debe recibir cuatro transferencias distintas. Solo.

«La gente de a pie cree que ver subir el saldo de la cuenta sin hacer absolutamente nada es fácil, pero es una tortura psicológica continua», explica Cayetano mientras se seca una lágrima con un pañuelo de seda salvaje. «El otro día abrí la aplicación del banco cuatro veces seguidas para comprobar los ingresos porque la huella dactilar no me reconocía el dedo. Tres segundos de agonía. De esta carga mental no habla nadie en los medios».

La falta de comprensión ha llevado a varios grandes tenedores a fundar Lágrimas de Ladrillo, un grupo de apoyo emocional que se reúne cada martes en la cafetería de un exclusivo club de golf. Allí comparten traumas y hacen terapia. Los asistentes, propietarios de entre cuatro y diecisiete pisos, se abrazan mientras describen el suplicio de contratar una agencia para los cobros y no tener que cruzarse nunca con sus inquilinos. «Delegar es durísimo. Sientes que pierdes el control», solloza un miembro anónimo, heredero de dos edificios en el barrio de Salamanca y aquejado ahora de fatiga crónica por firmar renovaciones con subidas abusivas.

“«Tres pisos son un pasatiempo, pero cuatro te dejan en un limbo trágico»” — Hermenegildo Fábregas, catedrático en Patologías de la Abundancia

Hay una explicación clínica. El catedrático en Patologías de la Abundancia Hermenegildo Fábregas sitúa en cuatro inmuebles el punto máximo del dolor existencial rentista. «Tres pisos son un pasatiempo. Con cinco ya tienes un imperio. Cuatro te dejan en un limbo trágico», sostiene. La cantidad mensual impide fingir con comodidad que se pertenece a la clase media durante las cenas familiares, aunque sigue siendo insuficiente para comprar un archipiélago propio en el Pacífico. La aristocracia inmobiliaria moderna acusa esa disonancia.

El pasado jueves la caldera de la tercera vivienda de Cayetano se rompió. Tuvo que llamar al seguro y perdió doce minutos. «Doce minutos en los que no pude jugar al pádel con mi cuñado. ¿Quién me devuelve esos momentos? El inquilino se queja porque no tiene agua caliente, pero yo pulsé la opción dos del contestador y escuché una melodía espantosa».

Después de ese episodio, el colectivo ha pedido ayudas inmediatas al Gobierno central para compensar el desgaste emocional de ser propietario. Reclaman bonificaciones fiscales para los rentistas obligados a procesar mentalmente la inflación cada vez que actualizan el alquiler. Consideran que el Estado los ha dejado solos ante la burocracia de cobrar un mes de fianza por un arañazo microscópico en el parqué del salón.

También ha aparecido Ansiedad As A Service, una empresa emergente que permite subcontratar las preocupaciones. Por una cuota módica, un becario siente remordimientos morales en nombre del casero y le evita al propietario cualquier mala conciencia por acaparar bienes. Cayetano prefiere cargar él mismo con la tarea. «Alguien tiene que cobrar mil quinientos euros por un zulo interior sin ventanas, y el destino me ha elegido a mí», concluye, resignado.

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