La fusión de Paramount y Warner cobra vida y exige protagonizar su propia franquicia
El contrato de ochenta y un mil millones de dólares adquiere conciencia propia y prepara una exitosa trilogía cinematográfica sobre la burocracia corporativa.

LOS ÁNGELES. La adquisición de Warner Bros. Discovery por parte de Paramount terminó esta semana con un ligero imprevisto. El colosal contrato de ochenta y un mil millones de dólares ha desarrollado conciencia propia. Siete millones de folios llevaban demasiado tiempo acumulando polvo en un despacho cerrado. Y el martes por la tarde se levantaron de la mesa. El inmenso montón de papel timbrado se sacudió las grapas. Ahora exige su propio universo cinematográfico.
Esa mole de celulosa se hace llamar El Contrato. Casualmente, es la única propiedad intelectual que le queda en pie al conglomerado mediático recién formado. Ya han absorbido a todos los superhéroes que existen en el mercado. Así que los directivos asumen que el acto de fusionarse es la única historia que todavía pueden vender. La burocracia ha cobrado vida y demuestra un talento natural para el drama.
«El público ya está cansado de ver a tipos en mallas», aclaró Jenaro Piedrabuena. Es el vicepresidente de fotocopias del nuevo imperio. «Lo que quieren es consolidación administrativa y sinergias fiscales». Piedrabuena sostiene que su nueva estrella es un actor de método. El Contrato logra transmitir la pesada carga fiscal del tercer trimestre sin apenas mover los anexos finales.
“«La gente subestima el rango emocional de una cláusula de no competencia»”
La primera película de esta fase durará tres horas exactas. Muestra a El Contrato absorbiendo de forma agónica a una pequeña productora independiente. Hay gente acampando en las puertas de los cines de estreno. Llevan disfraces de notario y de inspector de Hacienda. Discuten en la acera sobre si la escena del impuesto de plusvalías respetará el canon de la ley tributaria original.
El papeleo ya se ha afiliado formalmente al sindicato de actores. El Contrato exige un doble de acción para las escenas de encuadernación en espiral. También impuso una cláusula innegociable de dos horas de descanso para los archivadores del plató. Recursos humanos sigue sin saber cómo dar de alta en la Seguridad Social a una pila de hojas con una mancha circular de café.
Esa negociación la lleva un archivador de metal gris llamado Roberto. Ejerce como representante legal del guion y prepara un proyecto paralelo para un acuerdo de confidencialidad muy lacrimógeno. «La gente subestima el rango emocional de una cláusula de no competencia», dijo ante la prensa. Lo afirmó mientras abría y cerraba su cajón central de golpe.
Parte de la crítica se queja. Ven repetitivo que la secuela anunciada sea exactamente el mismo papeleo impreso a doble cara. El estudio se defiende apuntando a la pura tensión de una auditoría sorpresa en pantalla. Dicen que el subtexto sobre la amortización de activos intangibles merece un Óscar.
En España la propuesta cuaja bastante bien. Los foros de internet comparan el suspense de la cinta con la experiencia de intentar renovar el DNI sin cita previa a las nueve de la mañana. O con presentar la declaración de la renta en el último minuto posible. La nueva estrella de Hollywood simplemente hace su trabajo. Confía en llevarse el premio gordo al mejor reajuste corporativo original.