RaroNoticia real, llevada a un sitio extrañoDinero · 2 min de lectura

Una derrama cobra vida propia gracias al odio de tres hermanos por un piso heredado

Los expertos advierten de las pérdidas al no haber acuerdo, pero nadie esperaba que el IBI y las cuotas de la comunidad desarrollaran un sistema digestivo.

Foto de archivo: coins and banknotes
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: svecaleksandr249 / Pixabay

VALLADOLID, La falta de acuerdo entre herederos abarata la venta de viviendas, según llevan tiempo advirtiendo los expertos inmobiliarios, porque los gastos siguen corriendo aunque nadie quiera hablar con nadie. En un piso de las Delicias, el asunto ha dado un paso adicional y bastante húmedo. Las cuotas de la comunidad y los impuestos han cobrado vida, sostenidos por el rencor de tres hermanos que se niegan a vender la casa de su abuela.

La entidad ocupa el dormitorio principal. Es una masa gelatinosa de papel timbrado y facturas impagadas; se alimenta de mensajes pasivoagresivos y de transferencias destinadas a calentar una vivienda vacía. Biólogos locales aseguran que aumenta de tamaño cada vez que uno de los hermanos propone comprar las partes de los otros por una cifra ofensiva.

«Al principio era solo una derrama para arreglar la antena», explica Maite, que prefiere costear un monstruo antes que dejar la vitrina del salón en manos de su hermano. «Después llegó el IBI, se mezcló con los gastos de notaría y la masa empezó a pedir televisión por cable. Mantener al bicho cuesta un dineral, claro. Pero es una cuestión de principios. No voy a ceder mi parte por menos de lo que vale un palacio».

“El mes pasado votamos cambiar las baldosas del portal y el ente votó a favor” — Cayetano Rebollo, presidente de la comunidad de vecinos

El problema ya tenía antecedentes. Los analistas sitúan la tradición española de arruinarse por rencor entre las causas principales de los fenómenos paranormales administrativos. No fijar unas reglas familiares provoca pérdidas, como recuerdan los expertos reales, aunque normalmente los gastos no desarrollan sistema digestivo. Esta criatura consume ochocientos euros al mes y otros doscientos por la conexión a internet, necesaria para descargar formularios de Hacienda.

Francisco, el hermano mayor, pasa por el piso todos los martes para comprobar que nadie ha tocado los muebles. Dice que el ente es agradable. «El otro día el monstruo de los recibos me dio los buenos días», cuenta desde el pasillo. «Tiene más educación que mi hermana. Seguiré pagando mi tercio para alimentar a esta bestia. Es el dinero mejor invertido de mi vida, solo por verles la cara de rabia».

Convivir con él ha obligado a hacer ajustes. El presidente de la comunidad, Cayetano Rebollo, ya incluye al agujero financiero en las reuniones. «El mes pasado votamos cambiar las baldosas del portal y el ente votó a favor», señala. «Participa más que los del cuarto derecha. Paga siempre a tiempo gracias al odio de los hermanos. Ojalá todos los vecinos estuvieran hechos de rencor puro».

Javier, el menor, probó otra vía. Le ofreció un descuento si aceptaba disolverse en conceptos abstractos. La entidad imprimió un certificado de eficiencia energética y exigió paneles solares. Javier aceptó la petición y firmó un préstamo a diez años, con la tranquilidad de saber que sus hermanos seguirán arruinándose a su lado.

Las agencias inmobiliarias han dejado de enseñar la propiedad. No les preocupa la masa de deudas, sino la exigencia de los hermanos de negociar en habitaciones separadas. Van ya por el quinto año pagando un piso vacío. Y la deuda sintiente ha anunciado que se presentará a la alcaldía con un programa sencillo: papeleo infinito.

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