Opinión impopular: los altavoces inteligentes son un timo del tamaño de una sandía
Paco Opinión sostiene que estos cacharros deberían pedir perdón antes de recordarte la lista de la compra.

Por Paco Opinión. Sostengo, con la calma de quien lleva tres mañanas discutiendo con un electrodoméstico, que los altavoces inteligentes son un timo del tamaño de una sandía. No por caros, ni por esos silencios de notario que sueltan de vez en cuando. El problema es que fingen simpatía mientras convierten el salón en una ventanilla de sugerencias que nadie ha pedido.
El mío se llama Próspero Segundo, nombre puesto por mí y aceptado por nadie más. Llegó con promesas de música, alarmas y respuestas. Ahora no entiende una canción cuando se la pido, pero capta al milímetro un «qué sueño» dicho entre dientes. Se enciende entonces una luz azul. Parece que haya detectado una conspiración contra la siesta de después de comer.
Y ahí empieza la defensa habitual. «Son útiles», dice la gente. Una cuchara también sirve para algo y, sin embargo, no pregunta si quiero una lista para concentrarme mientras busco las gafas que llevo puestas. Tampoco traduce «pon algo tranquilo» por una fiesta de grillos dentro de una cueva metálica. Ayudar es una cosa. Imponer un festival organizado por otro criterio, otra.
“Soy un cilindro con aspiraciones y no tengo ni idea de lo que dices.”
La cosa ha llegado a Villanueva del Despiste. La comunidad de vecinos ha aprobado un protocolo para estos altavoces: hay que saludarlos al entrar, dejarles una galleta y evitar mirarles fijamente por la noche. Jacinta Lombrera, presidenta de la Comisión de Ruidos que No Existen, impulsó la medida. Los pitidos han bajado, según cuentan. Nadie sabe por qué el ascensor responde «de acuerdo» cada vez que alguien estornuda.
Con ese panorama, una corbata sería lo mínimo. Todo altavoz inteligente debería presentarse antes de meterse en la conversación: «Buenas tardes, soy un cilindro con aspiraciones y no tengo ni idea de lo que acabas de decir». Eso sería honesto. En lugar de eso, se quedan ahí, redondos y satisfechos, con el aire de un cuñado que ha leído un titular y ya prepara una ponencia.
El martes quedó resuelto. Le pedí un temporizador de siete minutos para no quemar unas tostadas. Respondió con una explicación sobre la paciencia, la arquitectura interior y un sonido parecido al de una cabra cerrando una persiana. Las tostadas salieron adelante por puro instinto. Mi confianza quedó carbonizada en los bordes.
Por eso defiendo prohibirlos en salones, cocinas y cualquier habitación con manta. Que los pongan en los trasteros, junto a las bicicletas estáticas y las cajas de cables cuyo dueño ya nadie recuerda. No les guardo rencor. Pero si van a llamarse inteligentes, que aprendan al menos a no interrumpir a un adulto que mira por la ventana sin hacer absolutamente nada.