Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 3 min de lectura

La siesta no es pereza, es ciencia: lo he comprobado durmiendo

Tres semanas de investigación exhaustiva en el sofá y una conclusión irrefutable.

Foto de archivo: hombre durmiendo en el sofá
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: vivros62 / Pixabay

Cerrar los ojos después de comer tiene mala fama. La gente dice que es un vicio. Como científica independiente que no cobra de ninguna universidad, he puesto mi cuerpo al servicio del método empírico. Llevo tres semanas durmiendo la siesta en el sofá de mi salón. Anoto cada ronquido. También apunto cada vez que me despierta el repartidor de Seur con un paquete que ni siquiera es para mí. Los resultados tienen que salir en alguna revista médica, pero de momento nadie contesta a mis correos.

Esos correos detallan un método que no tiene fisuras. Me como un buen plato de lentejas y me tumbo. Posición horizontal, la manta de cuadros por encima y la persiana bajada hasta la mitad. Pongo La 2 de fondo. El cerebro necesita exactamente cuarenta y dos minutos de apagón para procesar datos. Básicamente, procesa cómo olvidar dónde dejé las llaves del buzón. Y si alguien te corta el sueño antes de tiempo, te levantas con una desorientación absoluta que te obliga a meterte en la cama de verdad para curarte.

La cura para esa desorientación depende del formato de sueño que elijas. Existe la inmersión profunda. Te hundes en el sofá y te despiertas convencida de que tienes que ir al colegio. Luego está la versión corta. Diez minutos con la boca abierta hasta que tu propio ronquido asusta al perro. Pero la más común es la variante en la que te engañas a ti misma. Juras que no has cerrado los ojos ni un segundo. De repente el documental ha terminado y hay un señor en la tele hablando del Euríbor.

“Mi sofá es un laboratorio de vanguardia y mi pijama equivale a una bata blanca.” — Dra. Pilar Hipótesis, justificando su atuendo ante los vecinos de su escalera

La gente que no ve documentales no entiende la ciencia. El martes bajé a tirar la basura en bata a las seis de la tarde y la vecina del cuarto B me miró mal. Cree que no busco trabajo. Ignora por completo mi investigación. «Mi sofá es un laboratorio y este pijama tiene exactamente el mismo valor que una bata blanca», le aclaré en la escalera. Me dejó hablando sola. Mientras duermo, mis células se regeneran para evitar las arrugas a largo plazo. De momento lo único que he sacado en claro es un dolor de cervicales importante.

El dolor de cuello es el peaje necesario para recopilar datos. Mido la profundidad del sueño calculando cuánta saliva dejo en el cojín derecho. Los martes almuerzo potaje de garbanzos y esos días el cojín acaba empapado. La legumbre te tumba en el acto. Tengo un informe de veinte páginas perfectamente estructurado en mi cabeza. Lo malo es que encender el ordenador para teclearlo me dejaría sin la energía que exige este experimento. Así que se queda en mi cabeza.

También comprobé qué pasa cuando no dejas reposar esa cabeza por las tardes. Un desastre. El jueves aguanté despierta a base de café solo y bajé al rellano de muy mal humor. Terminé discutiendo con la presidenta de la comunidad porque su felpudo es de un verde demasiado chillón. Quedó bastante claro que estar despierto provoca conflictos vecinales. Tumbarse en silencio reduce tu propio recibo de la luz y evita que te enfrentes a la gente.

Para frenar estas peleas, el Gobierno tiene que intervenir de forma inminente. Deberían obligar por ley a dormir en todos los hogares. Tumbarse a oscuras es un deber cívico para cualquier ciudadano que quiera aportar algo al país. Voy a seguir investigando en esta línea. Mi próximo proyecto mide los beneficios terapéuticos de desayunar tostadas en la cama sin recoger luego las migas de las sábanas. Ya he pedido una transferencia de cincuenta euros a mis padres para financiar los primeros ensayos.

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