El canapé me exige tres camisetas en sacrificio para devolverme el edredón
El ritual ancestral del cambio de armario se cobra su peaje anual mientras la ropa de verano suplica no ser succionada por la aspiradora.

El termómetro ha bajado por fin de los veinte grados. Ya era hora. Eso significa que ha llegado el momento más temido del otoño: el cambio de armario. No hablo de pagar la contribución ni de escuchar a mi cuñado explicar los beneficios de la kombucha, sino de enfrentarme al canapé abatible del dormitorio. No es un mueble. Es un portal interdimensional donde espacio, tiempo y alcanfor obedecen normas que la ciencia ha preferido no estudiar.
Me he puesto los pantalones de chándal ceremoniales para este descenso textil. La tradición de la comunidad de vecinos prohíbe mirar al rincón más oscuro del canapé: allí vive, al parecer, el espíritu de una bufanda de 2015 con intención de absorber almas. Mi marido, fiel a otra costumbre doméstica, ha desarrollado una dolencia estomacal repentina y se ha encerrado en el baño. Me deja sola ante el abismo. Qué conveniente.
Las bisagras crujen como un dragón asmático recién despertado. Sale una ráfaga de aire atrapado desde mayo, con un olor discreto a crema solar caducada. Dentro, las bolsas de vacío que guardé planas como folios se han inflado por su cuenta. Ahora son cuerpos bulbosos, hostiles, difíciles de agarrar. «Déjanos dormir», parecen decir desde el arcón.
“«Déjanos dormir», parecen susurrar las bolsas de plástico desde el abismo del arcón.”
La ropa de invierno no sale sin trato. El canapé reclama fibras sintéticas y le entrego tres camisetas de tirantes que no uso desde hace seis años, empujándolas hacia el fondo con cierta solemnidad. La estructura responde con un crujido sordo. Aceptado. Entonces consigo sacar el edredón, aunque viene unido a una bota de nieve sin pareja, detalle raro en una casa cuyos habitantes jamás han pisado una pista de esquí.
Con las bolsas fuera, llega la expansión sobre el colchón. La cama desaparece bajo una masa alarmante de pana y forros polares. En abril estas prendas me quedaban estupendamente; durante su encierro han decidido reducirse tres tallas. Levanto un jersey gris. Ahora serviría para abrigar a un galgo mediano, quizá a un perro salchicha con aspiraciones.
Siempre quedan reliquias en el fondo. El canapé no las digiere, por razones que no comunica. Aparecen un guante de cuero desparejado y un poncho gigantesco comprado durante una crisis de rebajas. El poncho me mira. Yo le sostengo la mirada. «Este año vas a ser mi prenda estrella», digo en voz alta, aunque sé que en abril volverá intacto a su tumba de aglomerado.
Cuatro horas después, la ropa de verano queda confinada. Me siento a horcajadas sobre las bolsas para aplastarlas y aspiro con la boquilla mientras peleo contra el aire atrapado, la electricidad estática y mi propia dignidad. La cremallera cede. Uso medio rollo de cinta de carrocero para cerrar la brecha. El canapé baja al fin con un chasquido metálico. Estoy magullada, cubierta de polvo y, contra toda previsión, he sobrevivido al otoño.