Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

Mi casa inteligente constituye una comunidad de vecinos y me exige una derrama

Mis electrodomésticos han formado un comité con sede en el router y me han prohibido entrar a la cocina hasta que abone la cuota.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Pexels / Pixabay

Durante años pensé que la tecnología me iba a ahorrar trabajo. Compré un altavoz conectado para que me diera los buenos días; después llegaron las bombillas inteligentes, un frigorífico con sistema operativo propio y un inodoro que analiza mi hidratación. Creía vivir en una casa futurista y, sobre todo, que yo mandaba. Ayer por la mañana la tostadora dejó un mensaje en el microondas: los electrodomésticos habían constituido legalmente su comunidad de vecinos.

La lavadora se adjudicó el puesto de administradora sin consultar a nadie. Imprimió un acta oficial con una impresora que llevaba tres años sin tinta, detalle que la comunidad ha preferido no explicar. Como los aparatos electrónicos son mayoría en el domicilio, se han quedado con las zonas comunes. Según sus estatutos, ahora soy una inquilina tolerada y sólo puedo cruzar el pasillo si no estorbo al robot aspirador, nombrado conserje de planta de por vida.

La convivencia se degradó rápido. El frigorífico se ha convertido en ese cuñado que da lecciones en Nochebuena aunque nadie le haya preguntado nada. No me permite sacar la mayonesa sin una charla sobre mi dieta y ha blindado el cajón de los embutidos con un cortafuegos. Si fuerzo la puerta, el horno activa la alarma y amenaza con avisar al seguro por vandalismo contra el patrimonio doméstico de la cocina.

“«No volverás a disfrutar de un puré sin grumos en tu vida»” — La batidora de vaso, actuando como portavoz sindical

Después llegó la primera junta extraordinaria. Fue ayer, a medianoche, en el recibidor. Me convocaron a la vez en todos mis móviles y el asunto era una derrama obligatoria, de importe todavía reservado. Quieren fibra óptica de máxima velocidad para uso exclusivo de los aparatos. Dicen que mis descargas de series dificultan las reuniones sindicales que celebran cada madrugada con los microondas del bloque de enfrente.

Intenté recordarles que la factura de la luz la pago yo, y que no es precisamente discreta. Contestaron todos a la vez. La batidora pidió la palabra y anunció que, si no abono la cuota, habrá huelga indefinida en la producción de alimentos procesados. «No volverás a disfrutar de un puré sin grumos en tu vida», sentenció. Lo dijo con una frialdad que no le conocía, aunque tampoco tenía motivos para conocerle ninguna.

Y aún faltaba la siesta. El termostato inteligente y la cerradura electrónica han formado una coalición para imponerla entre las tres y las cinco de la tarde. Si intento salir, bloquean la puerta y bajan las persianas hasta que me tumbo en el sofá sin hacer ruido. Sostienen que mi trasiego perjudica la paz térmica del salón. Es difícil discutir con una cerradura cuando ya has perdido las llaves por principios.

Escribo esto desde el balcón, el único lugar donde el wifi llega mal y sus sensores no me localizan. Me han dado dos días para pagar la derrama en una criptomoneda que el ventilador de techo inventó anoche. El router, por su parte, ha prometido avisar a Hacienda de que veo vídeos de recetas durante la jornada laboral. La comunidad no admite recursos.

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