Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

El único modo civilizado de comerse una croqueta exige un nivel de burbuja y dos bomberos

Nuestra columnista detalla el protocolo milimétrico para evitar que el magma de la bechamel arrase con el paladar, la vajilla y la paz de la comunidad de vecinos.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Pexels / Pixabay

Lamento ponerme solemne un domingo por la tarde, pero lo de las barras de este país ya clama al cielo. Cualquiera entra en una taberna, pide croquetas y se las traga enteras, como quien alimenta una caldera. Una barbaridad. La croqueta es una masa termonuclear inestable y hay que tratarla con el rigor litúrgico de quien desactiva un explosivo en zapatillas de felpa.

Ahí empieza el problema. Mi cuñado Toribio sigue convencido de que el aire del bar enfriará el relleno por simpatía, una teoría que la bechamel casera desprecia desde tiempos remotos. Puedes pasarte media hora con el periódico abierto y el núcleo continuará a novecientos grados. Primero, coge un nivel de burbuja y comprueba que el plato no caiga hacia la derecha.

Con el plato ya en orden, toca la microtrepanación dorsal. Nada de tenedor. Usa un palillo de madera homologado por el gremio de ebanistas de Villaseca de Abajo y abre, en la cúspide, una chimenea de descompresión de dos milímetros. Saldrá vapor volcánico. Sopla a intervalos regulares, mantén la cara a cuarenta y cinco grados y recita por lo bajo la lista de los reyes godos para que no te tiemble el pulso.

“«La precipitación al masticar es la antesala de la ruina moral»” — Don Valeriano Mantequilla, perito judicial de aperitivos calientes

El vapor tampoco admite improvisaciones. «La precipitación al masticar es la antesala de la ruina moral», me decía hace unos días don Valeriano Mantequilla, perito judicial de aperitivos calientes y vocal del Instituto Municipal de la Fritura. Don Valeriano no permite ingerir un rebozado sin certificado de convivencia ni psicotécnico de la concejalía. Para llevar un ciclomotor hacen falta papeles; en cambio, la plebe puede plantarse ante una bechamel de jamón a pecho descubierto. Así vamos.

Después viene la prueba acústica: acerca la oreja a la masa. Cuando está lista, una croqueta emite un zumbido grave, parecido al de un transformador bajo la lluvia. Si pita, retrocede y evacúa la terraza. En la peña de Los Arenales del Silencio todavía hablan del verano pasado, cuando un veraneante mordió una de bacalao antes de hora y el vapor empañó las gafas de tres guardias municipales a cuatro manzanas.

Si sobrevives a eso, corta en longitudinal con un cuchillo de filo liso. El de sierra queda descartado por razones que no deberían requerir explicación. El interior ha de brillar sin desparramarse sobre la loza. Durante doce segundos, sin prórroga posible, entra en temperatura canónica. Llévala entonces a la boca con una parábola suave, cierra los párpados y guarda un minuto de silencio administrativo por la gallina ponedora y la harina tostada.

Partirlas con los dedos o soplarlas como velas de verbena revela una falta de respeto por el descanso vecinal y las ordenanzas municipales. Comer no consiste en atiborrarse para llegar al partido. Consiste en someter una materia incandescente a las normas de la diplomacia. Si uno no sabe guardar las formas ante mantequilla y picadillo, luego aparecen las cartas de Hacienda sin acuse de recibo y con recargo.

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