La tortilla se come en orden alfabético, y pienso defenderlo hasta el postre
Paco Opinión explica por qué toda comida decente debería exigir protocolo, brújula y una pequeña oposición pública.

He llegado a una conclusión incómoda: llevamos siglos comiendo fatal. No por la calidad de los alimentos, que bastante hacen con aparecer en el plato, sino por el desorden. Hay quien ataca una croqueta por cualquier lado, moja pan en la sopa sin pedir permiso y se lleva el último trozo de tarta como si la mesa fuera una selva. Comer bien exige, antes que nada, respetar el procedimiento.
Mi método se ha ido afinando en la cocina de mi piso y durante tres sobremesas en Castrillo del Despiste. Empieza con un saludo a la comida. No hace falta darle la mano; el puré se pone nervioso. Basta con inclinar un poco la cabeza, recorrer el plato en el sentido de las agujas del reloj y decidir qué bocado inaugura la sesión. Quien no esté listo puede volver a la nevera hasta nueva convocatoria.
Con el tenedor se ha cometido una frivolidad alarmante. Debe entrar en el plato con la dignidad de un funcionario que conoce todos los formularios. El cuchillo espera su turno, sin aspavientos. La cuchara solo interviene si hay líquido, crema o una salsa con aspecto de ocultar información. Comer un guiso con las manos no es una costumbre: es una declaración de independencia y, a mi juicio, una forma de gobierno.
“Un guisante fuera de sitio puede alterar la rotación de la Tierra.”
Y el orden no termina ahí. En mi casa, los guisantes se colocan por tamaño: los pequeños van al norte del plato, los medianos se quedan junto al borde y los grandes presiden la operación desde una colina de puré. Jacinta Merengue, presidenta del Consejo Interino de Masticación, confirmó esta norma. Según ella, «un guisante fuera de sitio puede alterar la rotación de la Tierra durante el segundo plato». No he comprobado el dato. Llevaba un sello con forma de servilleta.
Ese rigor evita incidentes posteriores. También rechazo la costumbre de preguntar si alguien quiere compartir. Compartir está bien, naturalmente, pero requiere un acta, dos testigos y un dibujo del trozo antes de cortarlo. El otro día, un señor sentado cerca de mí entregó una patata a una mesa vecina sin dejar constancia escrita. La patata regresó irreconocible, con salsa de otra familia y una mirada que todavía aparece cuando abro el cajón de los cubiertos.
Después llega el postre, que necesita una disciplina aparte. Primero se contempla. Luego recibe un nombre provisional y, por fin, se empieza por la parte que menos ilusión hace. Así nadie acaba con una cucharada de natillas tibias y esa sensación de fracaso administrativo. La comunidad de vecinos de Villanueva del Despiste ha propuesto incluir un mapa pequeño en cada tarta para orientar el corte. Algunos propietarios exigen que el chocolate figure como territorio neutral.
Sé que todo esto parece excesivo. También lo parecía pedir, hace años, que el pan tuviera una silla propia, y ahora nadie acepta una mesa sin ella. No pretendo imponer una dictadura culinaria. Quiero devolver a la comida la solemnidad que merece. Si el arroz pasa veinte minutos absorbiendo caldo, yo puedo emplear media hora en decidir qué lado del plato representa mejor mis principios. Comer es una opinión que se mastica.