Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

Mis vecinos han declarado la independencia del felpudo

Una columna sobre la comunidad que convirtió la escalera en un país soberano y la siesta en un requisito constitucional.

Foto de archivo: un felpudo frente a la puerta
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: 23555986 / Pixabay

Vivo en Castrillo del Despiste, donde la comunidad de vecinos ha declarado la independencia del felpudo comunitario. No es una metáfora. A estas alturas, las metáforas pagan cuota y tienen derecho a voto. El felpudo mide poco más que una tortilla, pero ya cuenta con bandera, himno y frontera propia; una maceta pide documentación a quien llega.

Todo empezó con el polvo. Jacinta Pompón, presidenta de la Comisión de Asuntos Horizontales, tomó cartas en el asunto después de que alguien lo sacudiera hacia el lado equivocado. Convocó un pleno extraordinario en el portal y leyó una proclama subida al buzón. «Ningún zapato volverá a entrar sin reconocer la autoridad del felpudo», anunció. Así consta en el acta, que el secretario provisional redactó con tinta de calamar.

Yo fui con mis zapatillas de estar por casa. Las recibieron con respeto, aunque tampoco demasiado. Fulgencio Tiza, el vecino del segundo, me preguntó si traía mercancía. Le dije que llevaba una bolsa de mandarinas. «Las mandarinas tributan en cítricos», contestó, y me puso delante un formulario de aduanas con diecisiete casillas. Una de ellas preguntaba si pensaba volver a salir.

“Las mandarinas tributan en cítricos.” — Fulgencio Tiza, vecino del segundo y director provisional de Aduanas Domésticas

La cosa siguió adelante.

La escalera funciona ahora como un Estado perfectamente absurdo. El ascensor para en las plantas pares los días laborables. Cuando hay luna llena, va a las impares. Nadie ha logrado establecer qué sucede en los portales con entresuelo, y quizá convenga no insistir. También circula una moneda propia, el descansillo. Sirve para comprar silencio durante la siesta y deja de valer en cuanto alguien menciona una obra de fontanería.

Con tanta administración, hacían falta relaciones exteriores. Mi vecino favorito, Celestino Rizo, ocupa ese puesto ante el Patio Interior. Ha abierto embajadas en tres tendederos y se cartea con una paloma de origen desconocido. Los martes da una rueda de prensa por el telefonillo, siempre que las preguntas se formulen en plural mayestático. La paloma ha pedido pasaporte y una silla en la junta.

Yo me opuse al proceso, naturalmente. Aunque la independencia ha mejorado algunos servicios. Las reuniones empiezan tarde por decreto; las discusiones sobre humedades se arreglan a base de miradas; el cubo de la fregona disfruta de inmunidad territorial. Para tirar la basura, eso sí, necesito visado de salida y una declaración jurada de que no fundaré otro país en el rellano.

Ayer aprobaron la primera ley de hospitalidad. Quien entre debe recibir un «buenas» suficientemente sincero, aunque sin llegar al extremo de abrir conversación. Me parece razonable. Después de tantos años compartiendo paredes, tuberías y ese cuñado que taladra los domingos, la convivencia quizá consista en inventar una frontera ridícula y cruzarla juntos para comprar pan.

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