Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

Mis vecinos han declarado independiente el rellano

Una columna sobre la comunidad que convirtió la reunión mensual en una cumbre diplomática con galletas de cortesía.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: markusspiske / Pixabay

Vivo en Villanueva del Despiste, en un edificio cuya estabilidad institucional recuerda a una tostada puesta de canto. Aquí los vecinos no se saludan. Se emiten comunicados. El martes encontré uno bajo la puerta: el rellano había declarado la independencia y mi felpudo debía pedir visado si pensaba seguir allí.

Jacinta Morcillo, presidenta provisional del Comité de Asuntos Invisibles, dio el anuncio desde una escalera plegable que nadie admite haber comprado. «No queremos irnos del edificio; queremos administrar nuestras propias corrientes de aire», dijo. Luego pegó una línea de cinta adhesiva entre el segundo y el tercero. El acta prevé revisar la frontera cuando el portal deje de mirarla con desconfianza.

El vecino del quinto, Eusebio Carpena, ocupa desde entonces el Ministerio de Ruidos Lejanos. Lleva una carpeta azul. Atiende el crujido de las tuberías, los estornudos procedentes de otras dimensiones y el golpe seco de las tres y cuarto, una hora que no figura en ningún reloj de la finca. Para tramitar un estornudo pide tres copias y una foto tamaño carné.

“No queremos separarnos, solo gestionar nuestras corrientes de aire” — Jacinta Morcillo, presidenta provisional del Comité de Asuntos Invisibles

Quise sacar el asunto en la reunión mensual. La mesa había desaparecido y, en su lugar, habían dispuesto un círculo de sillas mirando a una planta de plástico. La planta moderaba: alzaba una hoja cuando alguien interrumpía. Pregunté por la bombilla del portal, que sigue fundida. Emitió un crujido; Jacinta entendió: «Primero hay que resolver el conflicto de los geranios». Nadie presentó objeciones.

La vida diaria ha adquirido protocolo diplomático. Una bolsa de basura junto a la puerta cuenta como «incursión logística». Sacudir una alfombra se registra como «operación atmosférica». La música baja figura en el último boletín como maniobra de aproximación.

El ascensor solicitó anonimato por escrito. Ayer me confesó que solo sube cuando detecta acuerdo general entre los vecinos. Lleva dos semanas en el bajo.

Y, pese a todo, parecen satisfechos. Reparten sellos, banderas y turnos de vigilancia del buzón. El buzón, por su parte, constituyó gobierno propio y solo acepta cartas dirigidas a él. Anselmo Paredes, el señor de la portería, cobra una tasa simbólica por cruzar el pasillo: botones, migas o la promesa de no mencionar la humedad. No admite transferencia.

A veces añoro la convivencia anterior, cuando una reunión podía acabar sin que alguien reclamase soberanía sobre el cuarto de contadores. Hay avances, eso sí. Desde la independencia del rellano las discusiones duran menos, porque antes deben pasar por aduanas. La bombilla sigue apagada, aunque ahora lo hace con una dignidad administrativa impecable.

Yo ya he solicitado la nacionalidad del tercero. Me han comunicado un plazo de seis meses, salvo que el felpudo presente recurso.

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