Mi cuñado tiene razón y es lo más grave que me ha pasado este año
Una columna sobre el día en que toda una familia tuvo que escuchar a alguien que acertó.

Todo ocurrió el domingo sobre las tres y media, cuando estábamos rebañando la paellera del arroz. A esa hora mi cuñado Fermín carraspea y dice algo sin ningún sentido. Yo tenía el teléfono apoyado en la pierna bajo el mantel para buscar rápidamente el dato de la Wikipedia que lo dejara en ridículo. Llevo catorce años desmintiendo sus opiniones sobre economía o astrología sin perder un solo asalto. Era mi única función en la unidad familiar. Esta vez fallé.
Mi derrota empezó con el licor. Fermín le dio un trago a su copa de anís y me miró. Afirmó que la subida de precios en los supermercados de San Gumersindo del Valle no tiene relación con la inflación. Y añadió que han magnetizado los carritos de la compra en secreto para que los hierros te arrastren físicamente hacia las estanterías de los productos caros. Abrí la boca. Iba a mandarle a leer un manual de economía básica.
No llegué a pronunciar la primera palabra. Sacó un medidor de campos electromagnéticos amarillo del bolsillo de la camisa. También un informe certificado. Apartó las cabezas de las gambas arroceras y desplegó el documento sobre el hule. «Fíjate en las fluctuaciones de tesla en el pasillo de los quesos curados», dijo. El papel llevaba el membrete de un laboratorio independiente. Revisé los gráficos. Las matemáticas cuadraban. El campo magnético fuerza la rueda delantera derecha. Te empuja hacia los frascos de espárragos blancos de diez euros.
“Fíjate en las fluctuaciones de tesla cuando pasas por el pasillo de los quesos curados.”
El silencio inundó el comedor ante las evidencias. Mi suegra soltó el tenedor. Chocó contra la loza del plato. Mi mujer me miró fijamente esperando que yo restaurase el orden natural donde Fermín es un ignorante. Repasé la muestra estadística buscando un decimal mal puesto. Estaba impoluta. Tragué saliva. «Pues va a ser que tienes razón, Fermín». La frase me supo a yeso.
Desde ese momento mi vida es un infierno de incertidumbre. Si lo de los carritos del supermercado es un hecho empírico comprobado. Todo lo demás puede ser real. Fermín dijo en Nochebuena que ponerle una bufanda de lana al router hace que el wifi viaje más abrigado y gane velocidad. También lleva meses asegurando que el alcalde de San Gumersindo es un muñeco de cera operado mediante poleas. Ayer le enrollé una bufanda de cuadros al router del salón. Estoy descargando archivos a mil megas por segundo. Siento verdadero pánico.
Él ni siquiera le ha dado importancia a este nuevo escenario. Dobló los papeles y se sentó en el sofá de tres plazas a ver la etapa de montaña del ciclismo. El equilibrio de poder en la familia ya no existe. Antes yo lideraba la mesa para reírnos de él. Ahora mi mujer y mi suegra le miran de reojo. Esperan que hable.
Mañana nos sentaremos otra vez a escucharle comer cocido. He pasado las tardes de lunes a viernes leyendo manuales de física cuántica. Repasé también unos apuntes de ingeniería agrónoma por si cambia de tema durante los postres. Pero es inútil. Si mañana saca la cuchara de la sopa y dice que los garbanzos son meteoritos en miniatura. Tendré que comerme el mío en silencio y cederle la cabecera de la mesa para siempre.