Opinión impopular: la cuota del gimnasio es una estafa tan grande como el lunes
Yo no pago por entrenar, pago por contemplar una cinta de correr que me juzga en silencio desde una esquina.

Lo digo sin miedo y con la misma convicción con la que mi vecino sostiene que la siesta cuenta como deporte: la cuota del gimnasio es una estafa tan grande como el lunes. Cada mes entrego dinero para entrar en un edificio lleno de máquinas con ruido de nave espacial. Ninguna me lleva a ninguna parte. Es el único transporte con abono que permanece exactamente donde lo dejaste.
Mi gimnasio se llama Centro Integral de Movimiento. Nadie se mueve de forma integral. Yo pago religiosamente por recorrer los cuatro metros que separan la taquilla de la fuente, una distancia que cubriría un caracol con bolsa de deporte. Mi actividad más constante consiste en buscar el candado. A veces aparece. Otras descubro que llevo usando otro desde 2019 y que mi vida entera ha sido una confusión administrativa.
El folleto promete acceso ilimitado a las instalaciones. Es verdad, en el sentido más amenazador de la palabra: puedo entrar cuantas veces quiera y arrepentirme en cada una. También están las duchas, siempre que aceptes compartir baldosa con una chancla huérfana que nadie reclama. Sospecho que lleva allí más tiempo que el ayuntamiento de Villanueva del Despiste.
“El suelo está estudiando la posibilidad de colaborar.”
La directora de Experiencias Atléticas, Melibea Castañón, me explicó que la cuota «abre una puerta hacia una versión mejor de cada socio». Le pregunté si esa versión podía abrir también el armario de las escobas, donde se me cayó la toalla. Dijo que todo progreso exige paciencia. Han pasado tres meses y mi toalla mantiene ya una relación estable con un cubo de plástico.
Y luego están las bicicletas estáticas. No avanzan, no retroceden y tampoco parecen tener planes. Una reproduce una animación de montañas, que considero turismo fraudulento. Pedaleo mirando un valle digital que jamás visitaré mientras una pantalla me felicita por quemar calorías cuya existencia no puedo confirmar. Pagas por ver una postal y terminas aplaudiendo al marco.
Por eso propongo una reforma sencilla. Las cuotas solo deberían cobrarse cuando el gimnasio consiga desplazar físicamente el edificio al menos dos centímetros. Si no hay movimiento, no hay pago. El Comité de Desplazamiento de Inmuebles Deportivos ha recibido la idea con seriedad. Su portavoz, Basilio Páramo, aseguró que «el suelo está estudiando la posibilidad de colaborar». Es una respuesta honrada, dentro de lo que cabe.
Mientras tanto, seguiré pagando. Compré una botella con el nombre del centro y ahora necesito amortizar emocionalmente la pegatina. No financio mi puesta en forma. Financio una exposición permanente de objetos que se balancean, pitan y jamás llegan a ninguna parte. El lunes, por supuesto, vuelve cada semana sin pagar cuota.