Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

Opinión impopular: despedirse con la mano en las videollamadas debería ser ilegal

Nos obligan a agitar las extremidades superiores hacia una pantalla inerte como si estuviéramos en la cabalgata de Reyes y ya es hora de decir basta.

Foto de archivo: persona despidiéndose con la mano por videollamada
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Vitaly Gariev / Unsplash

Llevamos años haciendo como que el teletrabajo funciona sin fisuras, aunque hay un asunto que nadie quiere mirar de frente. Ocurre justo antes de pulsar «salir». Adultos con carrera, hipoteca y acceso a una cuenta corporativa levantan las dos manos ante la webcam y las agitan con una sonrisa que ya ha renunciado a todo. Despedirse así en una videollamada es una estafa piramidal contra la dignidad. Debería estar prohibido.

El ritual no tiene defensa posible. Cuando trabajaba en oficina y cruzaba la puerta a las seis, no me daba la vuelta para batir los brazos delante de contabilidad como un náufrago que ha visto un helicóptero. Murmuraba «hasta mañana» al gotelé y desaparecía. En cambio, por internet parece obligatorio enseñar las palmas al objetivo, como si de lo contrario tus compañeros fueran a sospechar que preparas un sabotaje industrial.

Luego está el retardo técnico. Dices adiós, alzas la mano, sonríes y pulsas el botón. El programa tarda siete segundos infernales en cerrarse. Siete. Te quedas ahí, suspendida en el ciberespacio, saludando a nadie mientras contemplas tu propia cara de pasmarote. He llegado a contar catorce sacudidas seguidas. Mi reloj inteligente interpreta que estoy montando claras a punto de nieve y me felicita por cumplir los objetivos aeróbicos diarios.

“«Tengo miedo de dejar de saludar y que me despidan por falta de espíritu corporativo»” — Vecina del cuarto izquierda con el antebrazo hipertrofiado

Esos segundos explican bastante. Mi teoría es sencilla: los ordenadores aprovechan la brisa que producimos para refrigerar servidores. Nos han convertido en ventiladores humanos y, por supuesto, no cotizamos por ello. El mes pasado pedí a mi supervisor un plus de peligrosidad por desgaste del cartílago carpal. Respondió con un pulgar hacia arriba. Ni siquiera se dignó a saludar digitalmente.

Y el gesto se propaga deprisa. En una reunión con veinte personas basta que el iluminado de recursos humanos levante la mano para que el resto empiece a girar los brazos como molinos fuera de control. Una vez mantuve las manos cruzadas sobre el regazo y fijé la vista en la pantalla, con la sobriedad que exige una despedida. Al minuto llamó el presidente de la comunidad para preguntar si había sufrido un ictus o necesitaba asistencia urgente.

Hay casos peores. Mi vecina del cuarto izquierda teletrabaja archivando albaranes de ferretería y se quedó bloqueada en una despedida virtual hace dos años. El botón de salida se congeló. Ella siguió moviendo la mano por educación. Ahora tiene el antebrazo de una levantadora de piedras. El otro día me lo resumió así: «Tengo miedo de dejar de saludar y que me despidan por falta de espíritu corporativo».

Con ese panorama, las despedidas telemáticas necesitan regulación. Un parpadeo lento debería confirmar que la transmisión ha terminado. Nada más. Hasta que llegue ese día, me pondré manoplas de horno durante el último minuto de cada reunión. Si me obligan a participar en esta pantomima circense, al menos las extremidades quedarán a salvo de la fricción del aire.

¿Qué te ha parecido?