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Opinión impopular: escuchar podcasts a velocidad 1x debería estar totalmente prohibido

Si un locutor tarda cincuenta minutos en contar una anécdota que cabe en un telegrama, el problema no es mi paciencia, sino la intolerable lentitud de sus pulmones.

Foto de archivo: persona escuchando con auriculares
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Surprising_Media / Pixabay

Llevo semanas guardándome esto para no alterar la concordia de la comunidad de vecinos, pero la paciencia tiene un límite y la mía se terminó el martes pasado. Caminaba por la acera cuando me crucé con un muchacho sonriente, auriculares mediante. Miré su teléfono por pura curiosidad y vi una cosa que me revolvió el estómago: «1x». Escuchaba a dos adultos hablar al ritmo que les permite la biología, como si siguiéramos en el siglo diecinueve y no hubiese una lavadora a punto de acabar el centrifugado.

Fue una falta de respeto al progreso técnico. Reproducir un programa de audio a velocidad normal debería prohibirse por orden ministerial, con retirada inmediata del abono transporte y requisa cautelar de los cascos. La voz humana sin acelerar desperdicia tiempo con carraspeos y pausas dramáticas que nadie pidió. Si un locutor necesita respirar entre frase y frase, que lo haga en su tiempo libre. No mientras intento freír croquetas antes del telediario.

No voy a hipotecar cincuenta minutos de mi vida para enterarme de cómo se construyó el acueducto municipal. A dos coma cinco, esa lección entra por el tímpano en doce minutos y aún queda rato para revisar los recibos de la luz o mirar la pared del pasillo. A tres coma cinco, los contertulios parecen una bandada de ardillas enfurecidas dentro de una turbina de avión. Es la frecuencia adecuada para los intelectuales contemporáneos.

“Si un locutor necesita respirar entre frase y frase, que lo haga en su tiempo libre” — Paco Opinión, mientras friega los platos al ritmo de cuatrocientos fonemas por segundo

Ahí empezó la discusión doméstica. Mi cuñado Eusebio, que presume de criterio porque una vez fue a un balneario, quiso desmontar mi tesis el domingo pasado, durante el café. Dijo, con una suficiencia casi administrativa, que acelerar los programas destruye «la textura sonora de la conversación». Le mandé un audio de tres minutos comprimido en dieciocho segundos. Si Eusebio quiere textura, que se compre una chaqueta de pana. En mi casa, los minutos tributan al mismo tipo de interés que los préstamos bancarios.

Necesitaba una opinión técnica. Llamé a don Cipriano Molleja, director del Gabinete de Eficiencia Auditiva de Villapeñasco del Río. Su dictamen fue claro: el cerebro moderno se atrofia si recibe menos de trescientos fonemas por segundo. Según sus mediciones, el ciudadano medio pierde cuatro años de vida útil esperando a que un entrevistador formule una pregunta que cabría resumir en un carraspeo agudo.

Y el Estado, como de costumbre, mira hacia otro lado. Interviene en el precio del aceite, en el grosor de las aceras y hasta en la altura de los setos comunitarios, pero tolera este despilfarro acústico. Toda aplicación debería traer un bloqueo que impidiese reproducir contenido a velocidad estándar, bajo pena de barrer las escaleras de la comunidad durante seis meses. La velocidad normal es indolencia. Nuestra productividad no está para eso.

Así que, si alguien me ve gesticular ante una sartén, que no saque conclusiones precipitadas. Estoy asimilando botánica comparada en cuatro minutos y medio. El mundo sigue adelante; quien aún escucha respiraciones ajenas a un fotograma sonoro por minuto debería quedarse en casa dándole cuerda a un gramófono. He dicho.

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