Opinión impopular: la freidora de aire es una estafa tan grande como el martes
Defiendo, contra el sentido común y mi propia cocina, que este electrodoméstico solo sirve para enfriar las patatas con una solemnidad innecesaria.

Lo digo sin pestañear, con la cesta de la compra todavía en la mano: la freidora de aire es una estafa tan grande como el martes. Fríe, dentro de lo que cabe. El problema es que un aparato con nombre de ventilador enfadado ha logrado que llamemos «cocinar» a mirar una caja negra mientras imita a una impresora.
Lo nuestro empezó torcido. Venía con un manual de 47 páginas y una pegatina que ordenaba «retire el plástico», dos cosas que rara vez anuncian una amistad larga. La dejé sobre la encimera y esperé tres días una contraseña, una receta o alguna opinión sobre el precio del calabacín. Dio un pitido. Luego produjo una patata con la textura de una peonza cansada.
Sus defensores dicen que ocupa poco. Si la comparas con un armario, una caravana o el salón de actos de la comunidad de vecinos, tienen razón. En mi cocina se ha instalado justo donde se abre un cajón. Para sacar un tenedor tengo que negociar con ella como con una autoridad portuaria. La freidora permanece inmóvil. Yo envejezco.
“Si una máquina necesita una cesta para demostrar que tiene aire, ya va tarde.”
Y el cajón es solo el principio. La cesta parece una urna pequeña preparada para votar por el aperitivo menos emocionante. Meto cuatro croquetas y salen cuatro croquetas que han aprendido a desconfiar. Con pan consigo una tostada con la autoestima de un recibo. Una vez cayó dentro una servilleta y el aparato montó una sinfonía de alarma; mi vecino Teodoro Lumbre, presidente del Comité de Objetos que Zumban, tomó notas desde el rellano.
Después de eso, lo de la versatilidad pierde bastante brillo. Recalienta y dora. También asa, según el folleto, y seguramente envía faxes si se le insiste lo suficiente. Lo que no hace es evitar que olvide qué he dejado dentro. Anuncia «tres minutos» con la serenidad de quien promete una obra pública. Pita a los dos. A los tres repite. A los cuatro descubro que llevaba diez minutos leyendo una etiqueta de lentejas.
La cosa llegó a un punto incómodo. La propia máquina intentó venderme una segunda máquina para preparar postres: apareció en la pantalla un icono de magdalena y, por primera vez, sentí que un electrodoméstico me estaba evaluando. Presenté una queja en la Oficina Municipal de Pequeñas Humillaciones. La inspectora Nicasia Brújula recomendó apagarla y pedir disculpas al cajón de los cubiertos.
Con ese historial, mi propuesta es sencilla: reclasifiquemos la freidora de aire como mueble decorativo con aspiraciones. Puede quedarse ahí, brillante y redonda, mientras recuerda que una patata tarda menos en hacerse que una casa en decidir quién limpia la cesta. Yo vuelvo a la sartén. Será menos moderna, pero no pita cuando pierdo la paciencia.
Aun así, le reconozco una utilidad impecable: guardar las instrucciones de la freidora. Es un sistema cerrado y coherente. En Villanueva del Despiste lo consideran progreso; yo veo una caja con ventilación y una campaña de relaciones públicas dirigida por un botón.
Teodoro Lumbre resumió el asunto desde el rellano cuando le expliqué mi postura: «Si una máquina necesita una cesta para demostrar que tiene aire, ya va tarde». No añadí nada. La freidora pitó tres veces, como si quisiera recurrir la frase.
Y aquí seguimos. Ella ocupa la encimera; yo protejo mi dignidad con una cuchara de madera. Quizá algún día acepte sus disculpas. Antes tendrá que devolverme el cajón de los tenedores y admitir, ante notario o ante una tostada, que el martes siempre fue el electrodoméstico más sospechoso de la semana.