Opinión impopular: la freidora de aire es una estafa del tamaño de un cajón
Defiendo esta postura porque mi aparato ocupa media encimera y todavía exige que le dé las gracias por calentar una croqueta.

Lo digo sin rodeos, con la calma de quien ha escondido un electrodoméstico detrás de una planta de plástico: la freidora de aire es una estafa del tamaño de un cajón. Fríe, sí. El problema es que hemos aceptado como avance cocinar dentro de un buzón con ventilador y luego fregarlo como si hubiéramos dado un banquete de boda.
La primera vez que vi una pensé que era una impresora para patatas. Llevaba cesta, un panel lleno de cifras y ese aire quieto de los aparatos que esperan que leas el manual. Yo no leo manuales. Ya tengo bastante con descifrar las notas pasivo-agresivas de la comunidad de vecinos. Pulsé un botón cualquiera y la máquina respondió con un pitido de desaprobación.
Desde aquel día ocupa la cocina. Antes tenía una encimera libre, sitio para dejar el pan y una relación aceptable con los metros cuadrados. Ahora convive conmigo una nave industrial en miniatura que exige ventilación, distancia y perímetro de seguridad para una empanadilla. El otro día fui a abrir un armario. La freidora me cortó el paso con la autoridad de un funcionario que ha decidido que hoy no.
“La freidora no cocina: organiza una espera con forma de rectángulo.”
Sus partidarios dicen que resulta práctica. Una caja de zapatos también sirve para guardar zapatos, pero nadie la presenta como una solución culinaria. La freidora exige cortes de precisión geométrica, alimentos colocados como soldados y una pausa a mitad del proceso para agitarlo todo. A mí me enseñaron a cocinar. No a trabajar de encargado de equipajes en una estación diminuta.
Luego está la cesta. Ahí empieza el agravio serio. Siempre sale caliente, resbaladiza y con bastante más dignidad que yo. La dejas enfriar y, mientras esperas, se enfría la cena, el café y las ganas de seguir viviendo en una casa donde cada objeto trae su propio protocolo de evacuación. El aparato no cocina. Organiza una espera rectangular.
En Villanueva del Despiste, el asunto ya ha llegado a un pleno extraordinario de la comunidad de vecinos. Mauro Castañeda, presidente accidental del portal y encargado de contar las cucharillas, propuso reunir todas las freidoras en una sala común para que «dejaran de respirar sobre nuestras encimeras». La propuesta cayó cuando una de ellas empezó a girar despacio hacia la puerta. Nadie había enchufado el cable.
Yo volvería a lo básico: una sartén, una cuchara y el derecho a que algo se pegue sin recibir un pitido administrativo. Si la freidora quiere recuperar mi confianza, tendrá que pagar alquiler, disculparse por ocupar el cajón de los trapos y explicar por qué precisa tres botones para calentar una croqueta. Hasta entonces, seguirá siendo el único electrodoméstico capaz de hacerme echar de menos el tupper.