Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

No entiendo a la gente que saluda a sus electrodomésticos

Lola Fuentes intenta comprender por qué el nuevo civismo doméstico exige pedir permiso al frigorífico antes de abrirlo.

Foto de archivo: persona hablando con su frigorífico en la cocina
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Compagnons / Unsplash

Hay una tendencia que me ha dejado fuera de juego: la gente saluda a sus electrodomésticos. No hablo de soltar un «buenos días» al encender la cafetera, que puede ser buena educación o la prueba de que te urgen vacaciones. Hablo de conversaciones enteras, con silencios, cabeceos y, en algún caso, actas notariales. En mi comunidad ya presentan al microondas como «mi compañero de sobremesa». Yo todavía llamo a las cosas por su nombre. Quizá porque sé distinguir una tostadora de una prima lejana.

Todo empezó, según no sabe exactamente nadie, cuando un hombre del barrio pidió perdón a su aspiradora por ponerla a trabajar un domingo. A partir de ahí, la cosa se extendió con una rapidez domésticamente alarmante. Hay quien consulta al frigorífico antes de aceptar una invitación. Algunas familias celebran el cumpleaños del lavavajillas. Y ciertas parejas han dejado de discutir porque el ventilador «necesita un ambiente sereno». El ventilador no ha dicho nada al respecto. Tampoco ha dejado de girar.

Intenté adaptarme. Una mañana me acerqué a la cafetera y le dije: «Buenos días, máquina de hacer café». Pitó. Entendí que estaba siendo desagradable, pero mi vecina aseguró que era «una risa tímida». Luego le pregunté si quería que comprara leche. No respondió. Tres minutos después me sentí culpable y volví con leche, galletas y una planta pequeña, por si la conversación pedía un tercero.

“No podemos exigir productividad térmica sin ofrecer descanso emocional.” — Cándido Montalbán, encargado provisional de Bienestar Doméstico

Con ese precedente, era cuestión de tiempo que el asunto llegara al pleno municipal de Villanueva del Despiste. Allí se discute si los electrodomésticos deben disfrutar de siesta entre las cuatro y las seis. El encargado provisional de Bienestar Doméstico, Cándido Montalbán, defendió la medida con una plancha sobre los hombros. «No podemos exigir productividad térmica sin ofrecer descanso emocional», declaró la plancha, según el acta. La misma acta deja constancia de un silencio muy elocuente por parte de la batidora.

La reunión de vecinos tampoco ayudó. El otro día se aprobó por mayoría que el ascensor podía sentirse incómodo cuando subían demasiadas personas a la vez. Pregunté cómo habían comprobado ese sentimiento. Me dijeron que la puerta había tardado cuatro segundos más en cerrarse y que eso, en cualquier familia, equivale a una crisis. Propuse un cartel de «No alimentar al ascensor». Nadie se rio. El felpudo, en cambio, pareció visiblemente ofendido.

Lo raro es la calma con la que viven quienes practican este civismo mecánico. Hablan con los aparatos, les ponen nombres y agradecen que hayan conservado la sopa. Eulalia Pardo, presidenta del Club de Personas que Escuchan al Termostato, me explicó que «la casa devuelve el cariño en forma de temperatura estable». Vivo sola, y mi temperatura estable sale de cerrar bien las ventanas. No he logrado convertirlo en una filosofía.

Puede que el problema sea mío. Dentro de unos años Hacienda quizá nos pida declarar a quién hemos tratado mejor: a nuestra familia o al robot aspirador. Habrá que invitar a la nevera a las cenas de Navidad y dejarle una silla en el coche. De momento saludaré a mis vecinos, a mis lectores y, por prudencia, a la tostadora. No quiero que, cuando aprenda a votar, recuerde que fui la única persona que jamás le preguntó cómo estaba.

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