Opinión impopular: los lavavajillas cuadrados deberían estar prohibidos
Defiendo una medida sencilla: devolver a cada plato su dignidad y obligar a los lavavajillas a adoptar una forma menos sospechosa.

Lo digo sin rodeos: después de demasiadas tardes encajando vasos como quien resuelve un crimen geométrico, los lavavajillas cuadrados deberían estar prohibidos. No retirados. Ni revisados, ni rebajados. Prohibidos. Mi postura parece extrema, aunque también lo parecía mi negativa a guardar tuppers sin tapa y ahora nadie discute ese asunto en mi cocina.
Todo viene de la forma. Un lavavajillas cuadrado aparenta ser útil, pero es una caja que aspira a armario y transmite el ánimo de una fotocopiadora apagada. En las esquinas se juntan cucharillas, pelusas y cierta superioridad moral que acaba pasando a los platos. Encontré una pinza en el compartimento del detergente. Ignoro cómo entró, pero el aparato tenía pinta de estar reclutándola.
La cosa llegó a la escalera. En mi comunidad de Villanueva del Despiste celebramos un pleno extraordinario junto al felpudo de la cuarta planta. Eusebia Montalvo, presidenta provisional del Comité para la Defensa de los Electrodomésticos Redondos, declaró: «La cuadratura no limpia, sólo organiza la suciedad por categorías». Era una frase impecable. Luego supe que la había escrito en una servilleta que llevaba tres días dentro de su lavavajillas.
“La cuadratura no limpia, sólo organiza la suciedad por categorías.”
Quienes los defienden repiten que caben bajo la encimera. También caben ahí novelas sin leer, un perchero triste o un cuñado callado durante siete minutos. No basta con caber. Hay que aportar algo. El lavavajillas cuadrado ocupa sitio con la seguridad de quien paga la comunidad y, por ello, se considera autorizado a opinar sobre las plantas del rellano.
Y las bandejas empeoran el asunto. Cada plato exige una inclinación concreta, un pasado limpio y dos referencias personales. Pones una taza torcida y el sistema responde: una cuchara bloquea el brazo, el brazo salpica una cacerola y la cacerola sale con una mancha parecida a una provincia inventada. Intenté negociar. Le ofrecí un programa corto y otra oportunidad. Contestó con el pitido de un funcionario cansado.
No propongo volver a lavar todo a mano. Soy una mujer moderna, pero no una heroína. Pido lavavajillas triangulares, ovalados o con forma de bocadillo, para que cada pieza encuentre sitio sin atravesar una crisis de identidad. Leovigildo Castañer, técnico municipal de Ángulos Domésticos, respalda la idea. Me explicó que «un plato feliz gira mejor». La parte técnica se me escapó. El diagnóstico, no.
Hasta que llegue la reforma, lave a mano con paciencia, dignidad y una esponja que no juzgue. Es menos eficiente, claro, pero el fregadero al menos no se presenta como solución definitiva. Los lavavajillas cuadrados son una estafa del tamaño de esos cajones que se atascan al guardar un tenedor. Quien discrepe puede hacerlo después de colocar una fuente grande sin quitar tres bandejas ni consultar el calendario lunar.