Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 3 min de lectura

Opinión impopular: la oficina sin paredes es una estafa tan grande como la multipropiedad

Paco Opinión exige la vuelta de los tabiques grises y los despachos cerrados antes de que tenga que aguantar otra charla sobre freidoras de aire.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Pexels / Pixabay

Los supuestos gurús de la innovación corporativa insisten en que trabajar todos juntos, sobre una inmensa pradera de moqueta gris, mejora la colaboración. En mi opinión, es una estafa del tamaño de la multipropiedad. La ideó alguien que detesta el silencio y siente una inclinación difícil de justificar por el ruido de los teclados. Llevamos cinco años con el espacio abierto en esta empresa de venta de alcachofas por catálogo. Ya basta. Quiero recuperar el cubículo, el tabique que me separa de las excentricidades ajenas y el derecho a rascarme la nariz sin que contabilidad emita un veredicto.

Lo de colaborar cayó rápido. Cuando retiraron los biombos de mi mesa, me explicaron que intercambiaría ideas de forma orgánica con logística. La principal aportación orgánica ha sido descubrir que su encargado respira por la boca y silba como una tetera. No fluye la comunicación. Se negocia a diario quién conserva el mando del aire acondicionado, como si hubiera rehenes. Trabajar sin paredes no te une a nada elevado: te deja al corriente de la digestión de tus compañeros y de sus extensas conversaciones sobre freidoras de aire.

Y después viene el contacto visual accidental. Antes, cuando aparecía un pesado, bastaba con agacharse tras el monitor, que conservaba una función modesta pero útil de barrera arquitectónica. Ahora todo queda expuesto. Cruzo la mirada con gente que entiende un parpadeo como autorización para relatar el partido de pádel del fin de semana. He aprendido a mirar ligeramente al vacío, como si estuviera concentrado en una hoja de cálculo sobre gastos. El otro día levanté la vista durante un segundo y pasé tres horas oyendo a un señor explicar cómo se injerta un limonero.

“Yo no vengo a hacer amigos ni a dar de comer a las masas, vengo a teclear en paz.” — Paco Opinión, empleado atrincherado tras unos archivadores

La falta de intimidad tampoco termina ahí. Prometieron flexibilidad y entregaron un patio de colegio donde ha desaparecido la propiedad privada. Mi grapadora roja, que guardaba bajo llave, fue absorbida por el colectivo cuarenta y ocho horas después de la reforma. Algún ente anónimo de recursos humanos la pidió prestada. Desde entonces la veo pasar de mesa en mesa, con una calma administrativa que resulta ofensiva.

Con las fiambreras ocurre igual. La arquitectura abierta obliga a compartir el almuerzo por la vista y por el olfato; basta el primer crujido del papel de aluminio para atraer miradas de suricata. Yo no he venido a hacer amigos ni a alimentar a las masas. He venido a teclear en paz.

Luego está el ruido, que merece expediente propio. Sobre el papel somos profesionales dedicados a mejorar el flujo de trabajo. En la práctica, formamos un coro de carraspeos, toses y suspiros sin director. A las diez de la mañana, el molinillo, una impresora atascada y alguien golpeando el teclado como si cada letra le debiera dinero producen un zumbido que se instala en el cráneo. Los cascos con cancelación de ruido parecen una solución hasta que alguien se acerca por detrás y te toca el hombro. Microinfartos diarios. Todo por responder una pregunta sobre una factura.

Exijo que regresen las barreras visuales y acústicas, aunque sean horribles. Que vuelvan el gotelé de los separadores móviles, las puertas que se cierran con un pequeño golpe pasivo-agresivo y la posibilidad de poner caras raras frente a la pantalla sin público. Hasta entonces seguiré levantando una muralla de archivadores vacíos alrededor de mi silla, esperando que prevención de riesgos no la declare infraestructura irregular. A las seis, mi única aspiración es salir por la puerta giratoria con el resto del cuerpo.

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