La crisis nacional de la cucharilla que siempre aparece boca abajo
La columnista exige un pacto de Estado para acabar con el pequeño desastre doméstico que mantiene en vilo a todo el país.

Llevo tres semanas abriendo el cajón en busca de una cucharilla boca arriba. No hay manera. Sale siempre del revés, como si el resto de los cubiertos hubiese celebrado una reunión de madrugada y hubiera acordado plantarme cara. Primero lo atribuí a una manía. Luego entendí que era una emergencia nacional, de las que arrancan con un suspiro y acaban en comité permanente.
La primera alarma sonó en Villanueva del Despiste. El ayuntamiento reunió un pleno extraordinario para estudiar el fenómeno y yo acudí con la gravedad que merece todo asunto relacionado con el desayuno. Fulgencio Castañeda, secretario municipal y jefe de Asuntos Menores Pero Inaplazables, extendió un mapa del país según la orientación de las cucharillas. Las zonas afectadas estaban en rojo alarmante. El mapa era una servilleta.
«No podemos permitir que la cubertería decida por nosotros», dijo Mónica Berberecho, portavoz de la Plataforma por la Cucharilla Serena. Señalaba una taza que nadie había llevado a la sala. Propone cámaras pequeñas dentro de los cajones y un inspector por cocina. Me parece sensato. Yo añadiría una unidad canina, aunque los perros consultados han pedido que no se les involucre en asuntos de metal.
“No podemos permitir que la cubertería decida por nosotros.”
La cosa ha seguido su curso. He tratado de negociar con mis cucharillas: una tarde libre, más espacio y la promesa de no obligarlas a convivir con tenedores que se consideran superiores por tener cuatro puntas. No contestaron. Una rodó despacio hasta el borde del fregadero. Lo tomé por amenaza diplomática. Desde entonces cierro el cajón antes de dormir y guardo una libreta bajo la almohada, por si cambia alguna orientación.
El ministerio genérico de las Cosas Que Se Desordenan Sin Motivo ha presentado un plan de choque. Vigilará la sobremesa, colocará flechas en todos los cajones y pedirá calma a la población mientras se constituye una comisión de expertos. Evaristo Churro, presidente de esa comisión, sostiene que las cucharillas «no buscan el caos, sino una posición más cómoda para observarnos». Es intolerable. También suena bastante convincente.
En mi comunidad de vecinos ya se nota. La vecina del cuarto pegó una etiqueta con «ARRIBA» dentro de su cajón, pero las cucharillas la ignoraron con una frialdad administrativa impecable. El hombre que suele estar de pie junto al ascensor afirma que bastaría con lavarlas menos. Nadie le había preguntado, aunque lleva una carpeta. En España eso concede autoridad provisional.
He tomado una decisión firme. Desde hoy desayunaré con cuchara grande, aunque remueva el café como quien achica un barco. No voy a ceder ante ese pequeño ejército brillante. Si la nación cae, que me encuentre defendiendo el cajón, el azúcar y la dignidad de quienes solo queríamos una cucharilla boca arriba. El protocolo de emergencia para la siesta ya está redactado. Mi tostadora lo tiene pendiente de aprobación.