Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

No entiendo la moda de pedir permiso al aire antes de sentarse

Paco Opinión intenta comprender por qué todo el mundo consulta a una corriente de aire antes de ocupar una silla.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: markusspiske / Pixabay

Confieso que me he quedado fuera de la última tendencia social. En Villanueva del Despiste, sentarse en una silla ya no va de doblar las rodillas y asumir las consecuencias. Primero hay que pedir permiso al aire, inclinarse tres veces y esperar la respuesta de una corriente invisible. Nadie la ha visto, aunque todos aseguran haber notado cómo levantaba una ceja.

Me enteré el martes, al intentar ocupar una butaca vacía en la sala de actos del ayuntamiento. Una joven me apartó con el cuidado que se reserva para una tarta de cumpleaños y me informó de que la silla estaba «en fase de escucha». Pregunté qué escuchaba. «Probablemente una preocupación antigua del respaldo», dijo. Después añadió que no hiciera preguntas tan sentadas.

Desde aquel día miro estas cosas. En la comunidad de vecinos se congregan alrededor de una banqueta para decidir si se encuentra emocionalmente preparada. En la panadería, el dependiente sirve las barras mientras la mesa medita. Y el perro del cuarto no se tumba hasta recibir del felpudo una autorización sellada con una huella que, de momento, el felpudo no posee.

“Sentarse sin consultar al ambiente es ocupar el presente sin permiso.” — Práxedes Lumbre, coordinador interino del Instituto para la Postura Prudente

La tendencia recibe el nombre de asientología, aunque quienes la practican prefieren decirlo dejando una pausa solemne entre sus dos mitades. La fundó Práxedes Lumbre, coordinador interino del Instituto para la Postura Prudente. La entidad funciona dentro de un armario y cobra las cuotas en botones. Según Lumbre, sentarse sin consultar el ambiente es «una forma de ocupar el presente sin haber rellenado el formulario del pasado». Lo apunté. Aún no sé sobre qué silla hacerlo.

La cosa llegó a la plaza. Ayer, quince personas intentaron sentarse a la vez sobre un banco imaginario en el centro de Villanueva del Despiste. El ejercicio se prolongó cuarenta minutos. Acabó cuando una señora anunció que el banco había cambiado de opinión. Nadie discutió el diagnóstico. El banco mantuvo una neutralidad de madera bastante convincente.

Ahora desconfío de mis propios muebles. Esta mañana pedí permiso a la mesa antes de dejar la taza. La mesa no respondió. Esperé un rato y repetí la pregunta; la taza se enfrió, que fue lo único que ocurrió con puntualidad. Empiezo a pensar que el mobiliario me castiga por impaciente. Mi perchero, en cambio, se ha declarado república independiente y no admite visitas.

No sostengo que la asientología sea mala. Toda moda merece una oportunidad, incluso las que exigen disculparse ante un taburete. Pero alguien debería explicar cuándo se volvió sospechoso sentarse sin convocar antes una reunión. Hasta entonces seguiré de pie. Es una postura antigua, gratuita y, por lo que sé, aprobada por el suelo.

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