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Mis vecinos han suspendido la gravedad en el quinto y el administrador no hace nada

La manipulación de las leyes fundamentales de la física no está explícitamente prohibida en los estatutos de la comunidad, lamenta nuestra columnista.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Pexels / Pixabay

La convivencia en un bloque de pisos tiene sus cosas. Hay quien arrastra sillas, quien pone reguetón un domingo y quien, como los del quinto derecha, suspende las leyes de la física para instalar un campo de antigravedad en el salón. A mí me daría igual que manipulasen el universo si las lámparas de mi techo no estuvieran subiendo hacia arriba y el gazpacho no abandonara el plato cada vez que ponen en marcha el generador durante la siesta.

El asunto salió en la junta de propietarios de noviembre. El presidente mencionó unos zumbidos raros y el hecho, bastante concreto, de que el cartero levitaba junto a los buzones. El vecino del quinto explicó, sin alterar el tono, que habían modificado la constante gravitacional para limpiar mejor debajo del sofá. Dijo que las zonas comunes quedaban al margen. Mi ficus, adherido al techo del pasillo, ofrece otra versión.

El martes pasado subí a hablar con ellos. A partir del cuarto piso conviene agarrarse a la escalera, porque la gravedad cambia de opinión con cierta frecuencia. Su puerta estaba en el techo del descansillo. Me abrió la vecina, caminando boca abajo, y me ofreció un café suspendido dentro de una esfera perfecta. «Así acumulamos menos polvo en las alfombras», dijo. Le conté que mi gato llevaba días orbitando la televisión por culpa de sus atajos cuánticos. Ella lo atribuyó a un problema estructural.

“«Es que así acumulamos menos polvo en las alfombras»” — La vecina del quinto, caminando boca abajo por el techo del descansillo

Y luego está el administrador de fincas. Llamé para avisar de que un desgarro en el espacio-tiempo estaba comprometiendo la integridad del bloque. Me informó de que alterar la gravedad local no figura entre las conductas prohibidas por los estatutos, siempre que no se toque la fachada. Abrir un agujero de gusano en el patio interior parece admisible. Tender toallas en el balcón, en cambio, trae burofax.

Como si aquello no bastara, han propuesto una derrama para reforzar la estabilidad dimensional del ascensor. Pretenden que paguemos entre todos la materia oscura que consume su motor estabilizador. Me he negado. No pienso financiar las anomalías espaciales de una familia que ni siquiera baja la basura a su hora. Ayer apareció en mi cocina una bolsa de envases suyos, flotando despacio hacia la estratosfera. Nadie hizo nada.

He pensado en llamar a la policía local, aunque no espero grandes resultados. La última vez que denuncié un coche bloqueando mi vado tardaron dos horas en venir. Para una alteración subatómica sin autorización habrá impresos por triplicado, varios sellos y quizá una fotocopia compulsada del continuo espacio-temporal. Cuando terminen el papeleo, mi salón habrá colapsado en un agujero negro de densidad infinita, con la televisión y el sofá dentro.

Los demás vecinos prefieren mirar hacia otro lado. La señora del tercero agradece la gravedad reducida porque le duelen menos las articulaciones; su lavadora ya orbita la antena del tejado. A la pareja del primero le da igual mientras la distorsión no afecte al wifi. Yo he atado los muebles al suelo con cuerdas náuticas. Si no normalizan el campo gravitatorio antes de fin de mes, compraré una tuba y ensayaré a las seis de la mañana.

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