Opinión impopular: soplar velas es una estafa tan grande como la piñata
La Dra. Pilar Hipótesis exige sustituir el soplido por un trámite silencioso y una tarta que no haga preguntas.

Lo digo desde aquella fiesta de Castrillo del Confeti en la que una vela se resistió a apagarse durante once minutos y terminó recibiendo un trato propio de autoridad. Soplar velas es una estafa tan grande como la piñata. Lo venden como tradición, aunque nadie sabe quién la autorizó ni por qué obliga a una persona a inclinarse sobre una tarta mientras alrededor le dan órdenes incompatibles.
He soplado velas con disciplina, esperanza y una servilleta colocada con cuidado en la manga. Siempre acaba igual: cera en el chocolate, aplausos de trámite y un deseo que queda invalidado, según el reglamento apócrifo de mi salón, en cuanto alguien suelta «pide algo grande». Esto no es una celebración. Es una ventanilla con frosting.
La defensa habitual habla de deseos. No me sirve. Si para pedir uno hace falta una corriente de aire, también deberían exigir ventilador los planes de vacaciones, los cambios de contraseña y las disculpas pendientes desde 2017. La tarta no tiene por qué convertirse en un altar meteorológico. Ya bastante hace aguantando las velas mientras simula que no se hunde por dentro.
“El soplido convierte un postre en una prueba de oposición.”
El asunto ha llegado lejos. Eusebio Tenedor, presidente provisional del Comité para la Tarta Estable, coincide: «El soplido convierte un postre en una prueba de oposición y luego nadie entrega certificado». Difícil mejorarlo. Aunque Eusebio lleva tres cumpleaños trabajando con un tenedor de plástico y su imparcialidad presenta algunas grietas.
Yo lo resolvería de otra forma. La persona homenajeada recibiría una carpeta azul, escribiría el deseo con letra legible y lo depositaría en una urna con forma de magdalena. Después, un funcionario imaginario sellaría el papel con tinta de vainilla. Si el deseo sale adelante, pegatina. Si no, al archivo, junto a las instrucciones de los juegos de mesa que nadie abre.
Y desaparecería la pregunta de si se ha pedido un deseo. Es una intromisión intolerable. Una vez, una tía de nombre inventado me sostuvo la mirada tanto rato que terminé deseando que acabara la conversación. El mecanismo funciona, por tanto, pero con objetivos discutibles. Desde entonces guardo mis aspiraciones detrás de una pantalla de merengue.
Esta postura me excluirá de bastantes fotografías, sobre todo de las que dejan confeti en sitios donde el confeti no debería entrar jamás. Asumo el coste. Un cumpleaños celebra que alguien suma otro año; no debería obligarle a soplar como quien intenta arrancar un barco de juguete. El próximo llevaré mi propia tarta: sin velas, sin interrogatorio y con tapa hermética. Si alguien protesta, tendrá una servilleta y el formulario correspondiente.