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Opinión impopular: las tarjetas de fidelización deberían estar prohibidas por ley

Exijo la ilegalización inmediata del plástico que promete una sartén gratis a cambio de comprar sesenta botes de garbanzos y arruinar la cola de la caja.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: markusspiske / Pixabay

Llevo tres días intentando cerrar la cartera. No hay manera. Tiene ya más lomo que una enciclopedia, gracias a veinte rectángulos de plástico de colores que nadie recuerda haber solicitado. Para comprar medio kilo de tomates, al parecer, hay que ingresar en una cofradía comercial. Yo me niego. Las tarjetas de fidelización deberían prohibirse por ley, clasificarse como alteración del orden público y desaparecer de cualquier comercio que se considere civilizado.

Ni siquiera va de ahorrar dinero. Va de convivencia. Estos artefactos existen para detener la vida delante de una caja registradora. Vas a pagar un paquete de galletas y la persona de delante emprende un oficio religioso: rebusca en un bolso cavernoso, saca cupones arrugados, comprueba que la tarjeta física se ha quedado en casa y abre una aplicación que quiere actualizarse justo entonces. Después pide una clave de dieciséis dígitos. La cola envejece en silencio.

Y el premio tampoco ayuda. He hecho el cálculo con precisión matemática: para reunir los puntos de una toalla de playa de calidad discutible, una familia media tiene que consumir cuatro toneladas de mayonesa y tres palés de detergente. El supermercado entrega luego, con la solemnidad de un notario, un dos por ciento de descuento en la próxima compra de alpiste. Solo los martes bisiestos por la mañana. Es un insulto a la lógica con tipografía corporativa.

“Nadie necesita un recibo de metro y medio para justificar una barra de pan.” — Dra. Pilar Hipótesis, midiendo el ticket del supermercado con una cinta métrica

Lo digo por experiencia. El año pasado me metí en una campaña de sellos adhesivos para conseguir una cacerola antiadherente. Cambié la dieta para comprar productos en promoción y terminé con cuarenta botes de garbanzos debajo de la cama. Once meses. Cuando completé la cartilla, la cajera me informó, con una sonrisa gélida, de que la campaña había terminado a mediodía. Quedaban rascadores de hielo para el coche.

La cacerola no llegó, pero sí las consecuencias físicas. «El ser humano no está preparado para gestionar catorce programas de recompensas a la vez», me advirtió Prudencio Escariolo, perito en ergonomía de bolsillos del gabinete municipal. «El peso de las tarjetas en el pantalón desvía el centro de gravedad del cliente, obligándole a caminar ladeado y a entrar en otras tiendas para compensar la inclinación». Ahí está el asunto. Nos tuercen el cuerpo para que acabemos en el pasillo de la bollería.

Luego está el ticket kilométrico. Nadie necesita un recibo de metro y medio para justificar una barra de pan. En ese papiro aparecen saldos caducados, códigos de procedencia incierta y una felicitación por haber alcanzado el estatus de «Cliente de Bronce en Aceites». Mi cuñado presume durante las cenas familiares de tener seis mil puntos en una gasolinera, como si controlase pozos en alta mar. Le dan para una bolsa de frutos secos rancios.

Hace falta una moratoria legislativa urgente. Si un comercio quiere agradecer que le compre los garbanzos, que cobre menos y permita a la gente volver a casa a dormir la siesta. El efectivo funcionaba sin coronas virtuales ni cartulinas destinadas a deshacerse en la lavadora. Prohíban las tarjetas de fidelidad. Y devuélvannos la dignidad, una cola que avance y el derecho a sentarnos sin que la cartera nos disloque la cadera.

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