Totalmente falsoInventado desde cero. No lo compartas como verdadOpinión · 2 min de lectura

La incomprensible moda de pagar cincuenta euros por sufrir en una ventanilla de pega

Los jóvenes de San Telmo de Abajo hacen colas kilométricas en el nuevo centro de Burocracia Inmersiva buscando la adrenalina del rechazo administrativo.

Foto de archivo: newspaper and coffee
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: Pexels / Pixabay

Ayer bajé a por pan en San Telmo de Abajo y vi una cola que doblaba la esquina. Pensé en una promoción absurda o en la inauguración de un ambulatorio. Pero no: eran veinteañeros, todos. Me acerqué al local y leí el cartel: había abierto el primer centro de Burocracia Inmersiva de la comarca. Resulta que ahora se pagan entradas caras para perder una mañana como Dios manda.

Se llama «Trámite Experience». Cuesta cincuenta euros. Al entrar, una máquina te expide un número y se atasca a propósito, porque aquí el detalle importa. Luego pasas a una sala con sillas de plástico atornilladas al suelo y revistas que ya eran viejas cuando todavía se imprimían revistas. Esperas cinco horas. Sin wifi, sin cobertura. El panel luminoso va avanzando, aunque nunca hasta tu número. A veces incluso lo salta.

La cola tenía explicación, al parecer. Un chaval me dijo que su generación padece el síndrome de la inmediatez: todo les llega con un clic y eso les ha dejado un vacío existencial considerable. Buscan roce con la realidad analógica. Quieren que alguien les diga que falta la compulsa del anexo tres y que deben pedir cita otra vez para la semana siguiente. Hay aficiones peores, supongo.

“Anhelan esa sensación pura de impotencia de que te falte la compulsa del anexo tres.” — Un joven de la cola con síndrome de la inmediatez

El local se ha tomado el asunto en serio. Huele a cera de suelo y a carpetas de cartón con polvo acumulado, una combinación que no debería reproducirse fuera de horario laboral. Tras una mampara de cristal grueso, varios actores practican la ignorancia selectiva. Sellan folios en blanco con una contundencia casi personal y comentan sus planes para el puente mientras tú aguardas de pie, reducido a un bulto con papeles.

Y aún queda el remate. Quienes pagan la tarifa prémium llegan a la ventanilla del rechazo final. Entregan documentos inventados y una actriz, con cara de llevar allí desde 1987, los revisa despacio. Mucho despacio. Después niega con la cabeza y comunica que el trámite corresponde a otra consejería y que el plazo acabó ayer. Los jóvenes salen llorando, se abrazan y agradecen la intensidad de la negativa.

Pertenecemos a mundos distintos. Para mi generación, evitar una ventanilla era supervivencia básica; no un plan para el sábado. Antes el sufrimiento administrativo venía incluido, sin pulsera de acceso ni zona prémium. Pero he decidido adaptarme. Mañana alquilaré el garaje a un grupo de modernos que quiera vivir el terror auténtico de una reunión de vecinos sobre la derrama del ascensor. Les cobraré cien euros.

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