Opinión impopular: el teletrabajo es una estafa tan grande como las cajas de autoservicio
Te han convencido de que trabajar en pijama es un privilegio, pero en realidad eres el cajero, el reponedor y el guardia de seguridad de tu propia oficina doméstica.

Sé que decir esto me costará saludos en el pasillo de los congelados. Nos vendieron el trabajo en remoto como el fin definitivo de los atascos. Y de soportar el aliento a café torrefacto del jefe de ventas. Pero es la misma trampa que las cajas de autoservicio de los supermercados. Te prometen ganar tiempo. Luego estás quince minutos intentando escanear tres puerros mientras la caja exige a gritos «asistencia del personal» por un artículo no reconocido en la zona de embolsado.
Esta jugada de traspasar los costes laborales les ha salido redonda. Antes se atascaba la impresora grande de la segunda planta. Llamabas al técnico y la arreglaba dándole un manotazo en un lateral. Ahora asumes tú las funciones de soporte informático en zapatillas de andar por casa. El martes perdí tres horas intentando reiniciar el router clavando la punta de un clip desdoblado en el pequeño agujero de la parte trasera. Eres el peón de mantenimiento de tu propia vida. Y das las gracias por no tener que ponerte un pantalón vaquero.
Este ahorro forzoso de la empresa se aplica también al material. Los bolígrafos de tinta azul se cogían del armario de administración en cantidades industriales. Era un acuerdo táctico donde llevarse unos folios compensaba el sueldo bajo. Resulta que hoy los cartuchos de tinta negra salen de tu cuenta corriente. Acabas financiando una silla ergonómica carísima para acabar destrozándote las lumbares en la misma mesa plegable donde cenas.
“El trabajo ha fagocitado mi casa como un moho silencioso.”
Tener esa silla permanentemente en el salón elimina además el final de tu jornada. Antes cerrabas la puerta de cristal del despacho y el expediente se quedaba en el polígono. Ahora duermes a un metro escaso de una hoja de cálculo abierta. El miércoles casi le echo la leche del desayuno al ratón inalámbrico por error. Ya no existe distancia física ni mental entre procesar facturas a proveedores y encender la cafetera.
Toda esta convivencia estrecha empeora en cuanto bajan las temperaturas. Quienes defienden este modelo mencionan de inmediato el transporte público. Nadie cuenta que mantener los radiadores encendidos un jueves por la mañana sale por un pico. En la oficina ponían la calefacción central al máximo de su capacidad. Caminabas en mangas de camisa en pleno enero quemando gasoil ajeno. Ahora te conectas a la reunión trimestral de ventas envuelto en una manta de cuadros gruesa y vigilando el termostato.
Yo reclamo mi derecho a volver a ese edificio industrial sin ventanas. Exijo que el papel higiénico vuelva a ser gratis. Echo de menos la máquina del pasillo que a veces se tragaba mis sesenta céntimos sin darme nada a cambio. Quiero dimitir como conserje de mi piso y que me devuelvan mis cuarenta minutos diarios en el asiento de atrás del autobús de línea.