La estación de Sol solicita una baja médica por exceso de burocracia
El cierre por problemas de salubridad ha llevado al vestíbulo a convocar una asamblea y exigir que la acampada presente su propio plan de desratización.

MADRID, la estación de Metro de Sol sigue cerrada después de que la Comunidad de Madrid localizara problemas de salubridad y contaminación en unos conductos de ventilación cubiertos por una acampada en la plaza. Para desinfectar y desratizar hay que levantar antes la acampada. El edificio entendió el requisito como una razón suficiente para ponerse difícil.
A primera hora, el vestíbulo reunió un pleno extraordinario. Aprobó por unanimidad dejar de figurar como espacio público y pedir que se le reconozca como «instalación con sentimientos». La sesión se alargó varias horas. Sólo la interrumpió una máquina de billetes, que emitió un pitido para pedir turno de palabra.
«No podemos seguir tragando polvo, ratas administrativas y expedientes sin ventilar», declaró Eustaquio Llorente, portavoz del Comité de Infraestructuras Cansadas, desde el interior de una taquilla. «La estación no discute la limpieza. Discute que aparezca sin cita previa y con un formulario que sólo puede entregarse dentro de la estación cerrada».
“A este paso nos abrirán cuando ya seamos patrimonio emocional”
Los conductos, callados hasta entonces, también tomaron partido. Constituyeron un sindicato y exigieron que cualquier desinfección contemplara descanso para los codos, desayuno de media mañana y el derecho a saber cómo se llaman los productos químicos. Su secretaria general, una corriente de aire llamada Marisa, añadió que las ratas debían ser consultadas antes de proceder a desratizarlas.
Las ratas reaccionaron con la creación de la Unión Temporal de Roedores con Expectativas. Nadie ha aclarado si es una organización laboral, una cooperativa de vivienda o cuatro animales que han dado con un sello. Su asesor, un hombre situado cerca de la plaza con una bolsa de churros, avisó de que la negociación sería «larga, húmeda y probablemente en horario de siesta».
Con el asunto ya bastante asentado, el Ayuntamiento imaginario de la estación estudia levantar la acampada dos centímetros, desinfectar por debajo y devolverla a su sitio con una grúa, un notario y una persona cuya única función sería decir «con cuidado» cada treinta segundos. Hacienda ha solicitado justificar el gasto en una casilla que aún no existe.
El vestíbulo ha colocado mientras tanto un cartel: la estación seguirá cerrada hasta que se resuelvan la contaminación, la acampada, la negociación sindical y una disputa interna de las escaleras mecánicas. Éstas se niegan a bajar hasta que alguien reconozca su antigüedad. «A este paso nos abrirán cuando ya seamos patrimonio emocional», lamentó Llorente desde la taquilla.