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El instituto de encuestas descubre que los teléfonos conservadores también cuelgan

Tras el debate sobre el sesgo de las muestras, una centralita exige votar antes de contestar y convoca una huelga de timbres.

Foto de archivo: teléfono de oficina colgado tras una llamada
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: PublicDomainPictures / Pixabay

VILLANUEVA DEL DESPISTE, El debate sobre el sesgo de las encuestas del CIS ha sumado una explicación en esta localidad. Algunos teléfonos se niegan a colaborar con los sondeos porque entienden que las preguntas invaden su intimidad de sobremesa. Expertos consultados por este periódico sostienen que muchos votantes de derechas rechazan las entrevistas, con el consiguiente riesgo de sobrerrepresentar a la izquierda. El organismo público lo niega.

Todo empezó en la centralita municipal, que preparaba un simulacro estadístico para la comunidad de vecinos. Colgó todos los teléfonos de la oficina y se declaró «entidad neutral con derecho a siesta». El aparato principal, al que la conserje llama Marisa, dejó constancia de su postura con tres tonos cortos y una factura de electricidad doblada como una paloma. Bastante concluyente.

«No podemos seguir respondiendo preguntas sobre intención de voto si todavía no sabemos si queremos ser fijos o móviles», explicó Teodomiro Cables, portavoz del Sindicato Autónomo de Aparatos que Suenan en Momentos Inoportunos. El sindicato pide pausas reglamentarias entre llamadas, una bandeja reservada para cargadores y que ninguna encuesta arranque con «solo serán dos minutos».

“No responder también es una forma de pedir que te dejen en paz.” — Teodomiro Cables, portavoz del Sindicato Autónomo de Aparatos que Suenan en Momentos Inoportunos

La protesta llegó hasta el método. El instituto municipal llamaba hasta ahora a números elegidos al azar y anotaba quién contestaba. Desde esta semana, el protocolo obliga a entrevistar primero al teléfono, luego al cable y, por último, al enchufe. Este deberá acreditar que conoce personalmente al votante y que no lo sujeta por motivos ideológicos.

Los primeros resultados no han aclarado gran cosa. El informe provisional dice que el 62 % de los teléfonos quiere que gobierne «la opción que deje de llamar a la hora de la siesta». Otro 14 % prefiere una coalición entre Hacienda y la comunidad de vecinos. Los demás han pedido repetir la pregunta cuando haya una musiquilla de espera menos agresiva.

Con esos datos sobre la mesa, la comisión metodológica del ayuntamiento ha descartado de momento entrevistar a los contestadores automáticos. «Responden a todo con una seguridad impropia y podrían alterar la participación», señaló. En cambio, contrató a un hombre que estaba junto a una cabina para averiguar a quién culpa de la situación. «Yo he venido a por cambio», respondió. Entró en la muestra de inmediato.

Las conversaciones siguen. Los teléfonos han colocado una mesa de negociación en el cajón de los cables y amenazan con cambiar las encuestas por un referéndum entre tonos de llamada. Marisa reclama que su abstención figure como opinión válida. El instituto, ya sin demasiada energía, publicará los resultados cuando localice un móvil que no esté vibrando dentro de un bolso.

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