Las bandejas de seguridad del voto por correo se afilian a un sindicato por estrés
El exceso de videovigilancia de cara al 29-N provoca que el material electoral tome conciencia de sí mismo y exija cobrar derechos de imagen.

MADRID, Correos ha explicado las medidas de protección del voto por correo para la votación del 29-N: trazabilidad, bandejas precintadas y videovigilancia. El plan tenía una consecuencia imprevista. Esta mañana, las bandejas de plástico inyectado han adquirido conciencia de sí mismas y han anunciado la creación del Sindicato de Recipientes de Alta Seguridad. Reclaman mejoras laborales y menos horas bajo las cámaras.
Custodiar la democracia pasa factura. El sindicato sostiene que la vigilancia permanente está llevando el polipropileno a niveles de estrés poco compatibles con su composición. Su portavoz, una bandeja amarilla que ocupa una oficina en Vallecas, asegura que el material padece síndrome del trabajador quemado. Algunas compañeras presentan ya microfisuras por ansiedad de separación cuando las apartan del lector de códigos de barras.
«No somos simples receptáculos de papel. Tenemos sentimientos y necesitamos espacio personal», declaró la bandeja mediante varios ruidos de fricción sintética, traducidos por un bedel que pasaba por allí. «Nos obligan a mantener trazabilidad constante, nos cierran con cinchas que cortan la circulación del polímero y, encima, nos graban sin pagarnos derechos de imagen. Pedimos dos horas diarias de oscuridad total para relajar la estructura molecular, además de un plus de peligrosidad por soportar sobres con programas electorales».
“Nadie nos preparó para ser terapeutas de objetos inanimados de alta seguridad.”
La negociación ha empeorado enseguida. Las bandejas han iniciado una huelga de celo y rechazan abrir los precintos herméticos si el funcionario de turno no les habla con tono conciliador y presenta disculpas formales. En varias sucursales, los receptáculos han reclasificado los votos según la calidad del pegamento del sobre. Los que consideran vulgares, o con demasiado olor a saliva de interventor ansioso, se quedan fuera.
Y las cámaras han tomado nota. El sistema de videovigilancia ha difundido un comunicado conjunto: no grabará a las bandejas sindicalistas sin consentimiento explícito. Las cámaras entienden que la protección de datos debe cubrir también al mobiliario de oficina que atraviesa una crisis existencial. Algunas han orientado las lentes hacia la pared en protesta pacífica. Desde entonces registran, sobre todo, pintura desconchada de delegaciones provinciales.
Con las cámaras apartadas, ha entrado en escena un comité de crisis formado por tres sacas de lona tradicionales y un carrito de reparto oxidado. Intentan mediar entre la dirección y las bandejas precintadas. Los carteros humanos observan desde la máquina de café. Admiten que el protocolo de seguridad ha avanzado tanto que ya no reparten nada: ofrecen apoyo psicológico a los contenedores plásticos de su ruta.
«Ayer pasé cuarenta minutos abrazando a una bandeja precintada porque dudaba de su futuro después de las elecciones del 29-N», confesó Amancio Delgado, técnico de bienestar logístico. «Le dije que quizá la reciclarían para guardar adornos de Navidad en algún ministerio. Entonces lloró lágrimas de resina». La democracia sigue siendo importante, añadió Delgado. Nadie les preparó para ejercer de terapeutas de objetos inanimados de alta seguridad.