El submundo conspiranoico exige a los políticos derechos de autor por la teoría de Correos
La gentrificación de los foros dispara el precio del papel de plata y los buzones amarillos cobran vida para negarse a digerir más papeletas.

MADRID, La teoría del presunto fraude electoral en Correos nació en canales marginales y ha acabado instalada en plena precampaña. El resultado es una crisis de vivienda en el mismísimo submundo conspiranoico. Esa dimensión subterránea queda exactamente tres metros por debajo del sótano de un cibercafé de barrio en Móstoles. Allí viven hilos de foros sentientes y saltos lógicos con forma de reptil, que protestan por la llegada de políticos tradicionales: el alquiler sube y ya no se oye pensar.
La convivencia se ha torcido deprisa. Hermenegildo Píxel, una pila andante de capturas borrosas de YouTube, compareció esta mañana ante los medios como portavoz de los vecinos. «Llevamos años cultivando una comunidad tranquila y agradablemente desquiciada aquí abajo, sobreviviendo con fotos desenfocadas de ovnis y panfletos terraplanistas. Ahora bajan estos señores de traje y corbata, nos cogen lo mejor sobre carteros que esconden votos en búnkeres secretos y lo sueltan en mítines oficiales ante miles de personas. Es apropiación cultural de la peor calaña».
Y el encarecimiento ya se nota arriba. El papel de plata se ha disparado en los supermercados de Madrid, dejando a muchos conspiranoicos de toda la vida sin presupuesto para proteger sus pensamientos del wifi municipal. El recién creado Sindicato de Paranoicos Marginales asegura que varios jefes de campaña han merodeado por las cavernas húmedas del subsuelo con libretas de cuero, tomando apuntes y preguntando a los hombres lagarto locales si disponen de material fresco para los debates de televisión.
“«Es apropiación cultural de la peor calaña»”
La sospecha también ha llegado a la calle. Los buzones amarillos han cobrado consciencia después de tantas acusaciones de fraude masivo. Ayer al mediodía, uno de Chamberí escupió un fajo de propaganda electoral delante de varios viandantes, con un disgusto bastante visible para tratarse de un cilindro metálico. Era el buzón número cuarenta y cinco. Explicó que sigue una dieta estricta de facturas del agua atrasadas y postales horteras de Benidorm; las papeletas manipuladas, dijo, le resultan repugnantes por su elevado colesterol burocrático.
El buzón mantuvo su postura. «Es un insulto a nuestro sistema digestivo y a nuestra histórica vocación de servicio público», afirmó mientras vibraba de indignación y una jubilada intentaba meter una carta certificada para su nieto. «Nos acusan sin pruebas de comernos los votos, pero ¿saben lo seco y rasposo que es el papel de una papeleta oficial? Somos piezas refinadas de la administración. No trituradoras industriales baratas. Si alguien oculta algo en esta ciudad son los semáforos, que llevan semanas parpadeando en ámbar con una actitud muy sospechosa y nadie los investiga».
Abajo tampoco se resignan. Los autores originales de la teoría del fraude postal reclaman ahora sus derechos de propiedad intelectual. Un hilo sentiente sobre el falso alunizaje ha presentado una demanda en el registro del Ministerio de Cultura. Sostiene que los partidos usan paranoia artesanal sin pagar atribución alguna. Su petición es sencilla: si los políticos van a emplear ese material, al menos que se pongan el gorro de papel de plata durante el pleno municipal.
La discusión llegó al límite el martes por la tarde, a la hora de la siesta. Un grupo de estrategas de campaña intentó comprar una parcela prémium en el submundo para levantar un chalé de verano destinado a sus grupos focales. Los residentes invocaron entonces a una entidad espectral hecha por completo de acuerdos de términos y condiciones sin leer. La cosa persiguió a los asesores escaleras arriba hasta la luz de Móstoles, mientras les exigía que aceptaran las cookies. Ellos alcanzaron sus coches oficiales sin hacerlo.