La huella de carbono pide la baja tras volar 700.000 veces para que el artista no se mueva
El nuevo formato de conciertos fijos desborda Barajas mientras las emisiones acumuladas exigen dietas de viaje y una baja médica por sobreesfuerzo estratosférico.

MADRID, las residencias musicales pensadas para recortar la huella ecológica de las giras han acabado llevando a la propia huella de carbono a Barajas, donde ha solicitado la baja por lumbalgia. El sistema, usado por artistas como Shakira o Bad Bunny, concentra a cientos de miles de seguidores en una ciudad para que el cantante no cambie de hotel. La furgoneta de veinte músicos se queda en tierra; salen setecientos mil aficionados, purpurina incluida. El queroseno ya ha presentado una queja por horas extraordinarias.
Todo se torció en la Terminal 4. Una masa grisácea de partículas en suspensión, parecida a una nube que lleva mal la semana, se puso en la cola con una maleta de cabina. Pedía que le sellaran setecientas mil tarjetas de embarque. Aseguraba que cruzar el océano tantas veces para que un solista conserve su almohada le ha dejado las vértebras hechas polvo.
«Tenemos un caso claro de sobreesfuerzo meteorológico», explica Primitivo Regueiro, jefe de la Unidad de Negociación con Fenómenos Adversos del Ministerio. «Antes la cantante viajaba en autocar y las emisiones se quedaban descansando en el arcén. Ahora media Sudamérica pasa por encima de Canarias, en turista, para tranquilizar la conciencia ambiental del cabeza de cartel. La atmósfera peninsular no está sindicada, aunque ya reclama dietas y un bocadillo de tortilla por cada mil millas».
“«Mi motor izquierdo tiene derecho a una siesta tras cruzar el charco cuatro veces»”
La protesta se extendió a las pistas. Los reactores comerciales exigen que los artistas hagan los bises en Cercanías. Calentar motores para traer público desde Bogotá o Londres mientras el intérprete desayuna en su suite les parece una afrenta laboral bastante concreta. Dos aviones se negaron a despegar al mediodía por dolor en el timón de cola. Su convenio, recordaron, no cubre el traslado masivo de sombreros de vaquero con luces led.
Uno de los aparatos esperaba en la puerta B y no disimulaba el mal humor. «Llevo dos días aspirando nubes para traer a tres chavales que podían haber visto el concierto en las fiestas de su pueblo», resoplaba el reactor bimotor. «Me alegro de que el artista duerma en su almohada ergonómica, pero mi motor izquierdo necesita una siesta después de cruzar el charco cuatro veces en una tarde. Si no quiere pisar un aeropuerto, que aprenda pandereta por videollamada».
El aeropuerto tampoco aguantó mucho más. Los carritos de equipaje se organizaron en manada y se fueron a pastar a la moqueta de la sala VIP. No volverán a rodar hasta que un pleno extraordinario aclare quién paga el desgaste de las ruedas. Mientras tanto, la comunidad de vecinos del espacio aéreo convocó junta urgente para repartir la limpieza de la troposfera entre los promotores del festival.
Al caer la tarde, la huella de carbono seguía sentada junto a la farmacia de llegadas, con un café con leche templado y el volante médico sobre las rodillas. En las pantallas crecían los retrasos: ningún avión quería arrancar sin justificante del médico de cabecera. Si no hay acuerdo, las próximas setecientas mil entradas vendrán con zapatillas de marcha y una recomendación oficial de llegar al estadio a pie por la vía pecuaria.