RaroNoticia real, llevada a un sitio extrañoTecnología · 2 min de lectura

Los notarios microscópicos de Windows 10 exigen el doble para mantener todo igual

Microsoft sube el precio de las actualizaciones para costear el nuevo convenio de los burócratas subatómicos encargados de sellar permisos dentro del disco duro.

Foto de archivo: mano sellando documentos en un escritorio
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: pieczatkionline / Pixabay

REDMOND, Microsoft duplicará en el segundo año la tarifa de las actualizaciones de seguridad extendidas para empresas de Windows 10: de 61 a 122 dólares por dispositivo. La subida parece una cuestión de precios, como tantas otras. Dentro de los ordenadores, en cambio, hay una crisis laboral de dimensiones microscópicas.

Los responsables son miles de notarios astrales instalados en cada procesador, según expertos en criptozoología informática y asuntos internos de la placa base. Llevan años certificando, con sellos de tinta invisible, que el sistema sigue sin hacer nada nuevo. Ahora están en huelga indefinida. Piden mejores condiciones y bocadillos de calamares en miniatura para el almuerzo.

«Que todo continúe igual que hace años exige un trabajo titánico. La gente cree que la mediocridad funcional se queda suspendida en el aire», explica Amancio Robledillo, portavoz del Sindicato de Entes Subatómicos de Mantenimiento Informático, desde el altavoz de un portátil. «Nos pasamos el día frenando píxeles rebeldes para que no cambien de color sin autorización y gritándoles a los puertos de entrada que se estén quietos. Las cuerdas vocales se resienten. Ya eran pequeñas».

“«La gente se cree que la mediocridad funcional se mantiene sola flotando en el aire»” — Amancio Robledillo, portavoz del Sindicato de Entes Subatómicos

La nueva tarifa financiará un convenio colectivo para estas criaturas. Habrá máquinas de café microscópicas en los rincones oscuros del disco duro y una siesta irrenunciable de tres nanosegundos después de cada reinicio forzoso. Si no reciben el doble, dejarán sus puestos. Entonces cualquier archivo malicioso podrá entrar llamando a la puerta o, en el peor de los casos, alguien instalará el buscaminas en tres dimensiones por aburrimiento.

La huelga tiene antecedentes. Cada vez que un oficinista abre un documento antiguo, un comité entero de burócratas invisibles se reúne junto al ventilador. Decide que la fuente original sigue siendo válida y redacta el acta por triplicado en pergaminos cuánticos. Después, un pasante debe llevarla corriendo hasta el fondo resbaladizo de la papelera de reciclaje. Administración interna, en su estado habitual.

«El año pasado pedimos una baja masiva por ansiedad colectiva cuando alguien de contabilidad intentó conectar una impresora apagada desde la década pasada», lamenta Filomena Cascajares, delegada sindical jefa de la carpeta de descargas, mientras se ajusta unas gafas invisibles. «Tuvimos que empujar los controladores a mano por toda la memoria y sudábamos tinta. Sesenta y un dólares al año no daban ni para tiritas. Ciento veintidós sigue siendo poco para soportar la cara de cansancio del fondo de pantalla».

Las empresas ya preparan el presupuesto para esta cuota de inmovilismo certificado. Los notarios, por su parte, han fijado un límite muy estricto a su paciencia. Si el dinero no llega a tiempo, cruzarán los brazos, dejarán sin sello los permisos de red y permitirán que el sistema operativo busque aficiones propias: cursos de macramé a distancia, por ejemplo, o bufandas calentitas tejidas con los cables sueltos de la red local.

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