SátiraNoticia real, exagerada hasta que confiesaTecnología · 2 min de lectura

Usuarios racionan las descripciones de paisajes para no gastar los megas literarios de Spotify

La plataforma introduce doce horas mensuales de audiolibros y los oyentes se ven obligados a escuchar a los rusos a velocidad doble para no agotar su tarifa.

Foto de archivo: persona con auriculares escuchando un audiolibro
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: pasja1000 / Pixabay

Spotify ha decidido que las novelas se consumen igual que los datos del móvil a principios de los dos mil. Tienes doce horas al mes en tu suscripción. Te quedas sin saldo a mitad de un capítulo de misterio. Tienes que mendigar minutos a tus amigos para descubrir quién es el asesino. Así funciona ahora la lectura a plazos.

Ese límite aprieta de verdad. «He tenido que racionar a Cervantes», se queja Marisa del Olmo. Vive en el quinto izquierda y mira el contador de su aplicación de reojo. Ayer le quedaban cinco minutos de saldo. Tuvo que elegir entre escuchar la muerte de don Quijote a velocidad por dos o dejarlo agonizando hasta el día uno del mes que viene, que cae en martes. Al final puso el teléfono en modo avión. Quería ver si el sistema se confundía por un error de red y le regalaba unos segundos de propina.

Esta picaresca es solo el principio. La gente en la calle vuelve a aplicar técnicas de ahorro extremo como en la época de los mensajes de texto. Algunos expertos en economía doméstica recomiendan saltarse directamente las descripciones de paisajes largas. Aconsejan también evitar a los autores rusos a toda costa. Un solo patronímico te puede consumir el equivalente a media tarifa mensual.

“Evita a los autores rusos a toda costa, un solo patronímico puede consumirte tu tarifa” — Un cuñado experto en economía doméstica

Esta reducción de costes ha creado un mercado paralelo. La asociación Cansados de Pagar por Todo alerta sobre las nuevas recargas ilegales de literatura. En la trastienda de algunos locutorios de barrio ya venden tarjetas prepago de saldo narrativo junto a las fundas de los móviles. Diez euros te dan tres horas de ensayo sueco. Por quince tienes acceso ilimitado a poesía contemporánea durante un fin de semana. Esto último tiene poca salida. Da demasiado sueño a las cuatro de la tarde.

Las restricciones llegan también a los portales. Antonio es el presidente de la escalera en la calle Pez número cuatro y tiene mucho tiempo libre. Intentó convocar una derrama para comprar un bono familiar de horas de audiolibros. Quería compartir unos auriculares en el descansillo del segundo piso para que todos escucharan a la vez el último premio Planeta. La junta rechazó la idea. Los vecinos prefieren seguir gorroneando el wifi del bar de abajo.

Y las alternativas oficiales tampoco solucionan nada. Borja estaba por allí de brazos cruzados observando la situación. «Lo peor es el contestador automático». El jueves estaba a punto de descubrir el giro final de un thriller psicológico cuando saltó una locución de la empresa. Había superado su límite mensual. Le ofrecieron un plan adicional por nueve euros o conformarse con escuchar ruido blanco de lluvia hasta que empezara noviembre. Eligió la lluvia. Al menos no tiene sobresaltos en la trama.

Los lectores de toda la vida miran esto desde la barrera. Sienten cierto alivio económico y superioridad moral. Tú calculas cuántos céntimos te cuesta escuchar a un ensayista respirar entre dos frases. Ellos presumen de la batería infinita de sus libros físicos. No necesitan cobertura para funcionar en el metro. Si viene Hacienda no te puede embargar las páginas que ya has leído. Pero el papel no te deja fregar los platos de la cena mientras te culturizas. Ese es un lujo que ahora se paga por horas.

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