Treinta años de internet convierten el fondo del mar en la maraña de detrás de la tele
Un vídeo muestra cómo tres décadas de conexiones supuestamente inalámbricas han obligado a esconder cientos de miles de regletas y cables negros bajo las olas.

CÁDIZ, Un vídeo de apenas veinte segundos resume la expansión de la red mundial de cables submarinos desde 1999 hasta las previsiones de 2029. Bajo el océano, la humanidad ha ido tendiendo fibra óptica con una perseverancia que habría resultado más útil en cualquier otro sitio. El resultado, al cabo de tres décadas, se parece al hueco húmedo y oscuro que queda detrás del mueble de la televisión.
En el sofá, el wifi conserva cierta reputación de fenómeno limpio e incorpóreo. Los datos parecen ir por el aire, como si supieran adónde van. En el lecho oceánico, en cambio, se acumulan cientos de miles de kilómetros de plástico y goma. La corteza ya no tiene solamente sedimentos y roca: también hay capas de alargaderas enrolladas unas sobre otras. Pasar la aspiradora por una fosa abisal exigiría tirar de algún extremo. Media Andalucía se quedaría sin servidores antes de que apareciera el polvo.
El problema ya ha adquirido dimensión doméstica. «Aquí el problema no es el volumen de datos, sino la falta total de criterio», explicó Modesto Algaida, capataz de la Cuadrilla Submarina de Bridas y Pasacables, mientras separaba un manojo de fibra con un palo de escoba. «Nos vendieron la nube y nos han llenado la fosa abisal de cables negros sin etiquetar. Ni una tira de cinta de carrocero para saber cuál va a Londres y cuál a Lisboa. Tenemos un cable coaxial de 1999 enganchado a un cargador de móvil viejo, y nadie lo toca por si se cae el correo electrónico».
“Nos vendieron la nube y nos han llenado la fosa abisal de cables negros sin etiquetar.”
Los primeros en tropezar han sido los habitantes del fondo. Bancos enteros de merluzas y sardinas han denunciado interrupciones en sus rutas migratorias cada vez que alguien manda un archivo pesado por mensajería. A los pulpos se les contrató al principio para mantenimiento, por razones evidentes. Duraron poco. La mayoría ha pedido la baja laboral después de comprobar que ocho tentáculos no bastan para deshacer nudos con la lógica de unos auriculares olvidados en el bolsillo de un pantalón de pana.
La queja llegó después a la Comunidad de Vecinos de la Plataforma Continental. Baldomero Marea, administrador de fincas, atribuyó el asunto al desinterés de los ingenieros terrestres. «Esto funciona igual que el portal de un bloque», declaró. «Los humanos quieren series en alta definición y luego no pagan la derrama para unas canaletas de plástico blanco. Han dejado las regletas sobre los corales, con el botón rojo encendido toda la noche. Los centollos no pegan ojo».
Ya no queda mucho margen. Las cuadrillas han aplicado la solución habitual de cualquier piso compartido: esconder lo que sobra bajo la alfombra tectónica. Varias placas continentales se han levantado unos milímetros con gatos hidráulicos para empujar cables hacia el magma. Desde arriba apenas se nota el abultamiento que cruza el lecho marino. De momento.
El mapa previsto para 2029 no anuncia descanso. Miles de kilómetros más esperan su turno para hundirse. En tierra, millones de personas seguirán sentándose en el salón y celebrando la limpieza de la era inalámbrica, sin saber que, a oscuras, un calamar intenta desenchufar una regleta de seis tomas con la uña.