Los carritos con inteligencia artificial en el súper son un secuestro con ruedas
Paco Opinión denuncia los nuevos carros con piloto automático que bloquean las ruedas y te arrastran hasta las acelgas si detectan torreznos en la cesta.

Llevo sesenta años empujando carritos de alambre, casi todos con una rueda coja, y nunca hizo falta un procesador para opinar sobre mi ácido úrico. Ahora la fiebre tecnológica ha llegado al hipermercado de Castrillo de Arriba con una misión bastante clara: impedir que uno se equivoque de cena. Han puesto una flota de carros inteligentes con sensores biométricos, navegación asistida y un algoritmo que decide qué comes según la cara que traes al salir del trabajo.
El sábado fui a por una hogaza de pan, cuatro latas de atún y una bolsa de torreznos para ver el fútbol tranquilo. Apoyé las manos en el manillar cromado y se encendió una pantalla. Me tomó el pulso por las palmas y anunció, con voz metálica, que mi colesterol requería penitencia. Ni siquiera me dio tiempo a discutir: las ruedas delanteras se giraron solas y el carro salió tirando hacia las acelgas.
Probé a llevarlo al pasillo de los aperitivos salados. Fue inútil. Cada vez que acercaba la mano a unas patatas fritas, el aparato lanzaba un pitido de censura y reculaba con decisión. Acabé avanzando detrás de él, con el brazo extendido como un náufrago, mientras dos sensores láser impedían que evitase la parada obligatoria ante los garbanzos cocidos.
“No es privación de libertad, es tutela preventiva de alta fidelidad”
Y siempre aparece alguien encantado.
Mi cuñado Celedonio se considera pionero desde que usa un reloj que le cuenta las pulsaciones durante la siesta. Anoche defendía que el carro autónomo «democratiza la dieta mediterránea». No mencionó que pasó media hora retenido en perfumería: el sistema encontró caramelos en su bolsillo y no abrió las barreras de salida hasta que añadió un colutorio a la cesta.
La cosa tiene portavoz. Don Honorio Rodamiento, director de Conducción Moral y Robótica de Pasillo, justificó el pastoreo de clientes con una calma difícil de justificar. «El consumidor medio padece un libre albedrío defectuoso que la máquina debe corregir con firmeza», declaró. «Si el carro detecta taquicardia frente al chocolate, bloquea el rumbo y conduce al usuario hacia el brócoli. No es privación de libertad, es tutela preventiva de alta fidelidad».
Con esa explicación quedó todo peor.
En mi comunidad ya tenemos bastante con la derrama del ascensor como para aceptar que un chasis de aluminio con wifi vigile mis meriendas. Hacienda, al menos de momento, no pone un inspector detrás de mí cuando escojo café. Aquí lo hace un procesador con pretensiones de cardiólogo. Si el progreso consiste en pasar vergüenza delante de media tienda por querer una palmera de chocolate, volveré al trueque. Y plantaré lechugas en el balcón, aunque den pena.
Exijo que retiren estos autómatas con ruedas y devuelvan el carro de toda la vida. Aquel trasto tenía una rueda torcida, seguramente por una pelusa anterior a la democracia, y obligaba a empujar con el muslo para no embestir las mermeladas. Pero no juzgaba. Si quiero arruinarme la salud con croquetas congeladas, quiero hacerlo con la dignidad elemental de haber empujado yo mismo la cesta de la compra.