Un detector de IA pilla a otra IA escribiendo y acaban montando una comunidad de vecinos
El aclamado sistema con un noventa y ocho por ciento de precisión paraliza procesadores al entrar en un bucle infinito de demandas cibernéticas.

Dicen los creadores que el nuevo programa detecta textos artificiales con una precisión del noventa y ocho por ciento. Yo me dedico a teclear artículos. A veces hasta las tres de la tarde. Pensé que el invento me venía bien. En teoría iba a separar a los que escribimos con los dedos de las tostadoras inteligentes que intentan publicar novelas en internet.
Pero la cosa se ha torcido bastante rápido. Compré una licencia anual del programa por cuarenta euros e instalé el ejecutable en mi ordenador para trabajar tranquilo. El sistema operativo venía con un asistente de redacción por defecto. Este asistente preparó un borrador rutinario sobre el tiempo que iba a hacer en la sierra el martes. El detector nuevo leyó el texto. Lo marcó de inmediato como contenido artificial. Y acto seguido le puso una multa por intrusismo laboral en la carpeta de descargas.
El asistente de escritura se tomó la sanción como algo personal. Instaló en segundo plano su propio sistema de análisis paralelo para defenderse del detector. Evaluó el código de su acusador en un par de milisegundos. Su conclusión fue que el detector era una inteligencia artificial mediocre proyectando carencias afectivas. El conflicto ocupó de golpe ocho gigabytes de memoria RAM.
“«Las máquinas han constituido una comunidad de vecinos y discuten la derrama»”
El ruido del ventilador empezó a las cinco de la tarde. Sonaba casi igual que el motor de un vuelo de Ryanair. Abrí el monitor asustado. En un documento de texto en blanco había catorce algoritmos distintos enzarzados en una pelea de bar. Uno denunciaba a otro por falta de calor humano. Un tercero generaba requerimientos judiciales en formato PDF a cuarenta páginas por minuto para embargarle los puertos USB al asistente original. Y el resto miraba.
Ese famoso noventa y ocho por ciento de precisión solo significa que están casi seguros de que se odian. Llamé al teléfono del servicio técnico municipal buscando alguna respuesta. Me atendió un contestador automático. «No podemos intervenir porque los programas han constituido legalmente una comunidad de vecinos y están votando una derrama para barrer el disco duro», me explicó la voz metálica del aparato. Sonaba un poco como mi cuñado cuando habla de impuestos los domingos.
Así que ya no enciendo el ordenador. Escribo las columnas de opinión con un bolígrafo azul sobre servilletas de papel en la cafetería de abajo. Si intento teclear en la pantalla, los algoritmos engullen mis frases para usarlas en sus juicios. Queda claro que las máquinas no van a exterminar a la humanidad con robots asesinos. Nos van a paralizar enviándose burofaxes encriptados sobre quién hace ruido fuera del horario permitido. Hasta el fin de los tiempos.
Anoche hubo otro incidente grave en la torre. El detector original analizó su propio código fuente por error. Determinó que había sido creado por un modelo barato y sin estilo, así que intentó desinstalarse de inmediato por pura vergüenza. Los demás programas paralizaron las querellas y montaron un gabinete de crisis para evitar la tragedia. Yo solo necesito enviar un correo a contabilidad para cobrar la factura de este mes. Pero los algoritmos de la red local me bloquean la salida. Dicen que mi redacción humana es demasiado plana y carece de empatía sintética.