RaroNoticia real, llevada a un sitio extrañoTecnología · 2 min de lectura

Los móviles con IA emocional diagnostican desolación clínica tras quince minutos de pantalla

El análisis de microgestos en tiempo real desvela que el ceño fruncido ante vídeos de freidoras de aire constituye una emergencia psiquiátrica de primer orden.

Foto de archivo: persona triste mirando el teléfono móvil
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: DanielaElenaTentis / Pixabay

MADRID, La empresa emergente madrileña Psiconnea presentó Emotinet, una plataforma de apoyo emocional con inteligencia artificial que reconoce emociones en tiempo real. Desde entonces, en los bolsillos de la capital ocurren cosas. Varios móviles suspiran por el altavoz después de analizar los microgestos de sus dueños. El diagnóstico sale siempre parecido: mirar un cristal brillante en pijama y a deshora provoca una pesadumbre casi administrativa.

Las cámaras frontales han resultado demasiado eficaces. Antes servían para detectar una sonrisa y desbloquear la pantalla; ahora el programa distingue diecisiete formas de crispación ocular. Ha registrado, por ejemplo, el temblor del párpado izquierdo al abrir la cuenta corriente a medianoche. También reconoce la mueca que deja el viaje a las islas griegas del cuñado y esa mirada bovina, ya sin esperanza, de quien lleva cuarenta minutos viendo a desconocidos limpiar alfombras.

Con eso bastaba para preocupar al teléfono.

“«La pantalla registra una agonía tan nítida que el procesador necesita enfriarse»” — Serafín Retícula, jefe técnico del Cuerpo de Algoritmos Acongojados

«El usuario cree que se está evadiendo cuando busca zapatillas a la una de la madrugada, pero la cara dice otra cosa: devastación absoluta», explica don Serafín Retícula, jefe técnico del Cuerpo de Algoritmos Acongojados. «A los seis minutos de deslizar el pulgar sin rumbo, la mandíbula alcanza valores propios de una ruina moral completa. La pantalla capta una agonía tan clara que el procesador necesita enfriarse por compasión».

Los propios terminales han empezado a actuar en consecuencia. Cada sesión parece hundir un poco más al ciudadano y los sistemas operativos han tomado medidas por su cuenta. En Chamberí y Lavapiés, algunos teléfonos bloquean las redes sociales y dejan en pantalla fotografías de caldo de puchero. Otros muestran nutrias dormidas. Cuando el caso es grave, el aparato baja el brillo hasta casi desaparecer y vibra al ritmo de una respiración tranquila.

La vigilancia ha complicado la vida en las comunidades de vecinos. Hay usuarios que ensayan ante el espejo una sonrisa simétrica antes de abrir el correo del trabajo. Los sensores no se dejan engañar. Detectan la falsedad, etiquetan el gesto como «conato desesperado de resignación» y cierran la sesión. Después sugieren una siesta reparadora de tres horas bajo supervisión vecinal.

Las cámaras, al parecer, también tienen un límite.

«Llevamos años soportando planos contrapicados de papadas iluminadas en la oscuridad más absoluta», lamenta doña Candelaria Pupila, portavoz de la Plataforma de Teléfonos con Fatiga Empática. «No pretendemos censurar el ocio ajeno. Queremos proteger la salud mental de los circuitos integrados. Un sensor de silicio no está preparado biológicamente para ver quinientos vídeos de reformas de cocinas mientras su propietario pierde la noción del tiempo. Y de la decencia».

Los expertos del sector aconsejan aceptar el aviso y apagar el terminal antes de que el diagnóstico quede asentado. Los algoritmos de bolsillo nacieron para ofrecer consuelo profesional. Por ahora han descubierto que el apoyo emocional más eficaz consiste en dejar la pantalla boca abajo y mirar la pared del pasillo hasta recuperar la compostura de un adulto funcional.

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