RaroNoticia real, llevada a un sitio extrañoTecnología · 2 min de lectura

Las marcas de agua invisibles de ChatGPT abandonan el texto ofendidas si cambias una coma

OpenAI introduce rastros ocultos en sus textos para Europa, pero resultan ser muy sensibles a la crítica literaria y se marchan al primer sinónimo.

Foto de archivo: manos escribiendo en un portátil
Foto de archivo, solo ilustrativa. Los hechos descritos no ocurrieron. Foto: StartupStockPhotos / Pixabay

BRUSELAS. OpenAI ya aplica textGrain en territorio europeo. Es una marca de agua estadística e invisible metida a la fuerza en todo lo que redacta ChatGPT, un parche para cumplir las normativas continentales de transparencia que ha terminado fallando por el lado humano. La marca tiene la piel finísima. Borras un adjetivo y la firma abandona el documento ofendida.

La culpa de estos abandonos está en el código base. «Le pusimos un ego literario enorme a la herramienta», asume Gervasio Píxel, jefe de Sentimientos Sintéticos en la compañía. La firma tenía que agarrarse al texto para certificar su origen mecánico. Y de ahí viene el problema de convivencia. Un usuario normal cambia una conjunción de sitio. La marca de agua recoge su taza de café invisible. Pega un portazo cuántico y se borra a sí misma del archivo. Se va farfullando que su obra está pensada para paladares más finos.

Ese nivel de ofensa acaba de saltar a la acción colectiva. Estos rastros funcionan ahora como una asamblea vecinal furiosa dentro de las páginas de Word. Un alumno de segundo de la ESO intentó camuflar el párrafo final de su trabajo de ciencias de la naturaleza. Las marcas convocaron una huelga de celo en el margen derecho. Y varios oficinistas juran haber escuchado suspiros de decepción por el altavoz del portátil justo en la milésima de segundo antes de pulsar la tecla de borrar.

“Las marcas de agua tienen su orgullo y no van a tolerar este intrusismo laboral” — Mari Carmen Tilde, presidenta de Entidades Tipográficas Ofendidas

Las firmas tienen ya cobertura sindical para sus protestas. Mari Carmen Tilde preside la Asociación de Entidades Tipográficas Ofendidas y defiende la actitud de estos metadatos. «Te pasas tres nanosegundos calculando la probabilidad de encajar un adverbio en una frase. Llega un cuñado en pijama y te lo quita porque le apetece. Pues que escriban ellos». Tilde asegura que las marcas de agua tienen su orgullo. No van a tragar con el intrusismo laboral de la gente ni con las faltas de ortografía.

Esta militancia tipográfica ya tapona la administración local. Un ayuntamiento de provincias usó la inteligencia artificial para sacar adelante el bando de las fiestas. El concejal borró la hora del concurso de paellas para retrasarlo un poco. Las tres mil quinientas firmas invisibles del bando pidieron la baja por estrés esa misma tarde. Reclaman quince días de vacaciones pagadas en un disco duro externo metido en un cajón.

Ante este volumen de bajas la normativa de contingencia exige mimos constantes. El manual aconseja acariciar el ratón antes de suprimir letras, o pedirle permiso al monitor en voz alta. Pero la tirita más eficaz es ofrecer a la firma indignada un documento vacío donde vivir tranquila sin que nadie revise su estilo. Las instrucciones de montaje de una tostadora vieja valen perfectamente para calmar los ánimos.

Todo este ecosistema de cuidados acaba de generar un impreso nuevo. Las oficinas tramitan ya un formulario con tres copias de calco. El papel sirve para que el usuario pida perdón formal a sus herramientas de redacción. Hasta que llegue a las ventanillas la única salida es tratar al código invisible como a un artista incomprendido y jurarle que el borrador inicial era de premio Cervantes. Aunque el Word de marras solo traiga un tutorial de dos páginas sobre cómo apagar el router tirando del enchufe negro de atrás.

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